El presidente chino, Hu Jintao, deberá confrontar en el congreso quinquenal del PC el debate sobre una desigualdad social que genera creciente descontento.

El actual mandamás Hu Jintao es titular del Partido Comunista Chino (PCCh) y presidente de la República, eligió una terna de temas considerados estratégicos para el 17ø congreso quinquenal partidario que, en ese país, es la máxima expresión de la política colectiva, aunque siempre dentro de los rígidos moldes de un sistema que desde los 80 se ha vuelto heterodoxo en lo económico pero que sigue estando acorazado en materia de control social.

El congreso se iniciará este lunes y participarán del mismo más de 2.000 delegados, casi todos ellos con la dedocracia partidaria como única legitimidad real.

Entre esas consignas de debate que impulsó Hu, figura una dedicada a instigar el debate sobre la creciente desigualdad social que se genera entre los 1.300 millones de habitantes de una de las principales potencias económicas del planeta, especialmente entre los habitantes de las grandes ciudades y la población rural que aún cuenta como el 60% de la demografía nacional.

Y parece que Hu hizo esta elección cuando queda poco tiempo para que las asimetrías nacionales devengan —coinciden en predecir muchos intelectuales chinos y sinólogos occidentales— en alteraciones importantes de la paz social; precisamente de la clase de las que el PCCh —una estructura obsesionada hoy con su propia supervivencia más que con otra cosa— huye como de las maldiciones.

Las cifras son necesarias para entender este potencial para el conflicto. De lo que se habla es de no menos de 700 millones de personas sumergidos en la pobreza, con ingresos diarios —unos seis yuan— considerados menos que una pitanza económica si se los compara con los de las ciudades de la costa.

Hay varias razones para haber llegado a este punto: la globalización tuvo en China el mismo efecto que en el resto del planeta —sus beneficios tienden a ir casi exclusivamente a los más ricos sin producir el "derrame" social que sus partidarios predijeron—, el control partidario de todo el proceso ha dejado abierto al sistema a la acción predatoria de la corrupción y el surgimiento de nuevas industrias y servicios ha hecho que la producción agrícola haya caído del 29 por ciento al 12 por ciento del PBI en poco más de una década.

Hay otros motivos menos visibles. Desde 1989 —año de la protesta conjunta de estudiantes y trabajadores que terminó en un baño de sangre en la Plaza Tiananmen— el PCCh ha prestado mucha más atención a la población urbana, que es más rápida y eficaz en organizar protestas y llamar la atención oficial sobre los problemas, que a la rural cuya capacidad organizativa es mucho menor, cuando existe.

Hay anualmente, aseguran los observadores, centenares de manifestaciones de descontento rural —algunas violentas— en el territorio chino pero que son desactivadas mucho antes que puedan conectar entre sí u organizarse más allá de la villa.

En los años más recientes éstas han tenido que ver con la ausencia de un sistema viable de salud, con la impotencia de los campesinos que están vedados de poseer la tierra que trabajan —no pueden emplearla siquiera como garantía de asistencia crediticia— y sobre todo con la corrupción de los funcionarios, que muchas veces los privan de las parcelas para realizar negocios de desarrollo inmobiliario de distinto tipo con especuladores que no pertenecen a la región. No en vano la corrupción es otro de los temas elegidos por Hu para el congreso, junto con el avance de la democratización interpartidaria.

Así las cosas, el país que —sobre todo desde su ingreso en 2001 a la Organización Mundial de Comercio— se ha transformado en una de las grandes turbinas económicas del mundo, que ha acumulado reservas por más de un billón de dólares (entre ellas buena parte de la deuda soberana de Estados Unidos) y que está construyendo el tercer edificio más alto del planeta para alojar al Centro Financiero de Shanghai, no puede garantizar la entrega de salud, ni rescatar de la pobreza a la mayoría de la población. Los residentes urbanos han sido beneficiados hace poco con una ley que instituye el derecho a la propiedad privada, otro contraste.

Una revisión de testimonios de la población rural ayuda a entender cómo éstos añoran los tiempos de los "médicos descalzos" que recorrían las comarcas, un programa que era hijo de la imaginación de Mao Tsetung y que en su momento fuera ridiculizado en Occidente. Aquello, al menos, ofrecía cierta cobertura popular.

No es que Hu y los suyos no hayan hecho nada. Hay un sistema de seguro de salud de bajo costo —que garantiza atención médica gratuita a los indigentes— y con la abolición, por primera vez en la historia de China, de los impuestos sobre la producción agropecuaria las estadísticas muestran que el ingreso rural tiende a una recuperación. Sin embargo, el olvido ha sido tan largo y el problema es tan grande que nada surte el efecto deseado. Este año dos peticiones especiales han sido elevadas al Congreso: una de ellas, con más de 12.000 firmas, proveniente de organizaciones rurales que reclama la solución de los problemas del sector. Hay dudas de si esto es un gesto original o bien uno que el propio gobierno ha alentado en forma tal de anticiparse a cualquier protesta genuina.

En cualquier caso, lo cierto es que el Partido Comunista Chino no podrá seguir haciendo a un lado la temática. Las inminentes Olimpíadas están poniendo a China en un escaparate que hará mucho más visibles sus éxitos y falencias.

Y cabe preguntarse: ¿es posible que las mismas fuerzas históricas —el campesinado— que lo crearon se vuelvan ahora en contra del PCCh y su hegemonía?

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