Decimos en catalán: "divendres, D faves tendres". Y es la rima lo que da sentido religioso a ese juego de pareados que arrastra La masovera durante toda la semana: "El dilluns ens compra llums... El dimarts ens compra naps... El dimecres ens compra nespres... El dijous ens compra nous... El divendres, faves tendres...". Todo, compras compulsivas para, llegado el sábado, gastarse la pasta por completo y, el domingo, no dejar nada para la semana siguiente. Así va el país.

En cambio, en español, viernes y habas no establecen una relación adecuada (y no entro en juegos de doble sentido). Veamos la traducción: "el viernes, habas tiernas". Salta al oído que ahí no hay rima alguna y, sin rima, las cantinelas con escaso sentido se desbravan cual gaseosa en vaso (o cual pasión al cabo de un tiempo prudencial). Pero, en las circunstancias laborales de estos tiempos por los que atravesamos -difíciles, sin lugar a dudas-, el viernes tiene una fuerza innegable, que ningún otro día puede igualar. Se trabaje sólo por la mañana o se trabaje mañana y tarde, para la gente vulgar - la plebe, el populacho- el viernes es, en cualquier caso, el último día laborable de la semana. Tras él vienen dos jornadas enteras en las que el común de la ciudadanía no da ni golpe. No hablo de los periodistas, ni de los farmacéuticos de guardia, ni de los dependientes que, tras los mostradores de las tiendas, mientras te atienden con desgana hablan por móvil con su churri. Ellos no son el común de la ciudadanía. Hablo de los ciudadanos que, el viernes, ven cómo de repente se despliega frente a ellos un panorama de libertad condicional. Sin temor a equivocarnos podemos afirmar que la alegría del viernes por la tarde es exactamente inversa a la tristeza de la tarde del domingo. El domingo quedan aún unas horas lejos del trabajo, sí, pero la certeza de que todo va a acabar pronto impide disfrutarlas. En cambio, el viernes... "¡Ah...!", diría Monegal. Con cuanta razón, en plena década de los 70, tras Fiebre del sábado noche (1977) llegó, un año después, ¡Por fin es viernes! (¿o la tradujeron como ¡Gracias a Dios ya es viernes!?).Sea como fuere o fuese, el viernes había ya desplazado al sábado como tiempo preferente para la noche del desmadre festivo. Décadas después, muchos noctámbulos profesionales despreciarían también el viernes - para no encontrarse con los rebaños de noctámbulos del fin de semana- y limitarían sus salidas: desde la noche del domingo a la del jueves.

Fue un viernes cuando, en el Edén, Eva ofreció la manzana a Adán. Fue un viernes cuando Jesús murió en la cruz. Por eso, durante siglos, fue la jornada preferida para ahorcar a los condenados. En 1866 - cinco años antes de ganar su guerra con Francia- Prusia se anexionó la ciudad de Frankfurt, pero no sé si tal hecho (que cambió - o no- el curso de la historia) sucedió exactamente un viernes. Lorem ipsum dolor sit amet,dicen los publicitarios en sus textos simulados, y no les falta razón.