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12 Octubre 2007

Un gran coliseo, pero no el de Moya, de Javier Morán en La Nueva España

Gijón acaba de ganar un gran coliseo, equipado con los más modernos avances climatizadores, iluminadores y sonoros. Un coliseo de aspecto pulcro, amplio, confortable; un teatro con formidable caja escénica, apta para toda representación que se ponga por delante; un salón de espectáculos, en definitiva, que permanecerá a la altura «de los grandes expresos europeos», como decía la coletilla de un fabricante de trenes de lujo.

Y, sin embargo, es un coliseo que ha dejado de ser el concebido por el arquitecto Luis Moya, al haber sido desprovisto de sus elementos más significados, con el resultado de un teatro que muestra patente semejanza, o uniformidad, con respecto a cualquier otro que se conciba en el presente.

Este choque entre el nuevo coliseo de la Laboral y el primitivo de Moya puede parecerles a algunos una menudencia. ¿Para qué andar dándole vueltas a criterios conservacionistas, si lo mejor es meter palas y piquetas para que nuevas hechuras cubran lo precedente?

Pues tenemos dos razones preliminares para hacerlo. Lo ejecutado en el teatro de la Laboral es incompatible con dos afirmaciones escuchadas al presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces. Una de ellas, muy repetida, dice que estamos «ante el edificio más importante de la arquitectura del siglo XX en Asturias». La otra salió de su boca el día de la reapertura de la torre de la Laboral, tras su meticulosa rehabilitación. Areces citó ese día a Rafael Moneo, discípulo de Moya, y lo hizo para hablar de «respeto» hacia la obra del maestro.

Pues bien, ¿puede ser compatible declarar a la Laboral «obra arquitectónica» sobresaliente y modificar de tal manera uno de sus espacios señeros? ¿Se puede hablar de «respeto» y a la vez desfigurar su teatro de este modo? (Por cierto, será una gran obra, pero todavía no ha sido declarada Bien de Interés Cultural y padece rácanos niveles del protección en el PGOU gijonés).

Por tanto, o creemos las palabras de Areces, o deformamos el salón de Moya. Pero conducirse a la vez por los dos términos de esta disyuntiva resulta imposible.

Además de estas razones preliminares -de concepto, digamos-, hay otras para examinar el choque entre lo nuevo y lo original, pues en el teatro de la Laboral no se han tocado detalles, sino elementos fundamentales.

Por ejemplo, sus butacas. Estaba muy orgullosa la anterior consejera de Cultura, Ana Rosa Migoya, de haber descubierto que no eran dichas butacas de piel de camello, sino de cabra. Esto es como tener un sortijón y alegrarse el día que uno descubre que en realidad lleva bisutería en el dedo anular. Califiquen ustedes esta reacción. ¿No es graciosa? Ahora bien, la piel de cabra no es precisamente una bagatela, y, dado el tamaño de las butacas del teatro de la Laboral -en cuyas superficies no recordamos costurones, salvo por deterioro-, debió de ser necesario sacrificar un buen rebaño, no de cabras, sino de cabrones de gran tamaño (con perdón) para obtener grandes piezas de tapizado.

Bromas aparte, a lo que vamos es a que, ya fueran confeccionadas con piel de galgo o de podencos, las butacas de la Laboral tenían su porte, y su madera de embero, y su sistema de inclinación, y, ante todo, su comodidad, experimentada por buena parte de los traseros de Gijón, en incluso por posaderas de otra latitudes.

Eran esas butacas un elemento identificativo del teatro de la Laboral. Las ahora colocadas son tan cómodas como coloradas, pero gozan de esa extendida nota de la contemporaneidad: una vez que has visto una butaca de un teatro, o sala de cine, de reciente fábrica, las has visto todas.

Lo específico, lo peculiar, lo especial, lo distinguido, es sustituido alegremente por lo uniforme y lo seriado, que resulta raso y monótono a la postre. Hay quien se deshace de un mueble de castaño para correr a una moderna gran superficie de la decoración y hacerse con un bártulo de contrachapado ideal.

Las butacas del teatro de la Laboral, salvo las salvadas y restauradas para el paraninfo del mismo edificio, fueron sacrificadas porque el coste de su restauración era muy elevado. Ahora bien, en una obra tan milmillonaria como la de la Ciudad de la Cultura, ¿caben semejantes remilgos?

Pongamos un paralelismo. Las butacas más torturadoras y deterioradas que los gijoneses han conocido fueron las del teatro Jovellanos. Y ahí siguen, afligiendo las nalgas del respetable. Evidentemente, no se puede comparar la respetuosísima reforma del Jovellanos -caja escénica incluida- con la del teatro de la Laboral. Fue ejecutada aquella con tanta prudencia y discernimiento que nos preguntamos cómo es posible que las reglas de la restauración, o las normas aplicables, hayan permitido tan pocas desviaciones en el Jovellanos y tantas holguras en la Laboral.

Aquí lo dejamos, por ahora. Hay algunas cosas más que decir sobre el nuevo patio de butacas de este teatro que ha dejado de ser el de Luis Moya. Y sobre esa bóveda de 16 arcos que ahora parece sobrar, o sobre las columnatas laterales, o sobre las lámparas del vestíbulo... Y sobre la caja escénica, soberbia por dentro, mostrenca por fuera. Y sobre el mural, ¡oh, el mural!

Tags: javier moran

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