A veces, por no mirar, no somos capaces de ver ni lo que tenemos delante. Mirar implica. Mirar nos implica y hasta nos complica. Nos transforma. Quizá por ello hay mucha gente que prefiere echar la vista a otro lado y no enterarse de muchas de las cosas que acontecen a diario. Pero a veces, por no mirar, nos quedamos al margen de lo que ocurre y no somos capaces de entender nuestro entorno más próximo y sus transformaciones, ya que, para muchos, todo lo que no se ve parece no existir.
Pero hay temas que, por más que nos empeñemos en no ver, están ahí. Y aunque sean un tabú, como el sexo, forman una parte importante de nuestra existencia. Pese a que cada vez más gente intenta acercarse al sexo con mayor naturalidad, mi percepción es que aún subyace bajo pesadas losas y vergüenzas ancestrales, que impiden a muchos mantener una relación adulta entre su mirada y tan delicado placer. Y así, por no mirar, se acaba apartando la vista de un tema del que, por otro lado, hoy en día es difícil zafarse, ya que, si hay algo omnipresente en nuestra sociedad es el sexo. No sólo porque forma parte de nosotros y puede brotar cuando menos lo esperamos; sino porque rezuma en el entorno y no siempre de modo espontáneo o gratuito.
Son muchas las transformaciones que actualmente afectan al sexo. Si Steven Soderbergh rodara hoy "Sexo, mentiras y cintas de video", igual cambiaría el título por "Sexo, negocio y conexión a Internet". Las dos primeras, sexo y negocio, han ido unidas desde que el mundo es mundo. Pero nunca su presencia planetaria y su consolidación como un mercado multimillonario que cada día desarrolla nuevos productos y facetas, ha tenido un músculo financiero tan potente como el actual. Es más, su esencia se ha mercantilizado hasta tal punto, que nuestra mirada se ha acostumbrado a ver contenidos sexuales asociados a la venta de -prácticamente- cualquier producto. Una relativamente recién llegada educación sexual, convive como puede con la pretendida normalización de su consumo que llega a través de vallas publicitarias, anuncios de perfumes y hasta de alimentos; o vía programas de televisión en los que la gente se desnuda sin motivo aparente. Pero pese a que cada vez tiene mayor presencia en nuestras vidas, aún para muchos sigue siendo un gran tabú.
El sábado pasado asistí a un encuentro de bloggers en el que pude comprobar -de primera mano- lo mucho que ha cambiado la relación de la sociedad con el sexo. Probablemente, si no hubiera ido al FICEB y hubiera optado "por no mirar" hacia una realidad que cada vez cobra más cuerpo, ahora no tendría la misma perspectiva, ya que me ayudó a desmontar varios tópicos. Lo primero que me sorprendió, fue la gran cantidad de mujeres que había: acompañadas de amigos, de amigas, de sus parejas… pero también solas. Para seguir, y aunque ya estaba al tanto, lo que más me llamó la atención fue comprobar que toda la industria que rodea al sexo es una de las más abiertas a la innovación y las nuevas tecnologías. Sinceramente –y que Nacho Vidal me perdone- para mí la gran protagonista del encuentro fue la cámara. ¿Qué tenían en común casi el 100% de los asistentes a la cita? Que llevaban consigo cualquier tipo de aparato con el que hacerse una foto.
No en vano el mercado de la telefonía móvil -según datos de Júpiter Research- prevé para 2009 un mercado de 2.100 millones de euros sólo en EE.UU. Que el sexo es un negocio muy potente en Internet no es nada nuevo. Pese a ser un mercado relativamente joven y un negocio en el que penetra con relativa facilidad todo lo relacionado con las nuevas tecnologías; la novedad estriba en que, la participación social (Web 2.0) y los videos que los aficionados comparten en la Red, puede llegar a suponer una fuerte competencia para la industria del porno. Todo ello sin olvidar nuevas tendencias como la vídeo-denuncia realizada por vecinos como los de la calle Montera, que se ha convertido tristemente en todo un hit de la Red. Facetas que muestran como se construye una nueva paradoja de una realidad social que, por un lado, pierde el pudor a la hora de mostrar lo más íntimo, e incluso comparte en grupo y abiertamente sus preferencias y/o más íntimos deseos; mientras que por otro, sigue buscando el anonimato que en parte proporcionan las nuevas tecnologías, para un consumo masivo de sexo. Por-no mirar…

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