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12 Octubre 2007

Españolear, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Ay, don Mariano! Aprovecha usted el 12 de octubre para dar fe de su españolismo más insobornable. Se sirve de una fecha en la que, mire por dónde, este país se abrió al mundo, en lugar de cerrarse sobre sí mismo. La paradoja en la que incurre es, cuando menos, interesante. En todo caso, parece que de aquí a marzo su principal apuesta política será el patriotismo, ya que la nación corre peligro desde que el malvado Zapatero accedió al poder. ¿De qué España nos habla usted? ¿Acaso de aquel país en el que no nos había cabido otro remedio más que nacer en él, según vino a decir su antepasado político, el señor Cánovas? ¿En su España tienen cabida, don Mariano, todos los heterodoxos que en este país han sido, todos aquellos que sufrieron destierros y persecuciones? ¿O estamos, para no variar, con la España más castiza y cañí?

Españolear a ritmo de pasodoble torero. Españolear, al modo que consignó y vaticinó Machado en su «mañana efímero». Españolear, pasando como sobre ascuas por un reciente pasado común que estuvo presidido por una dictadura a la que usted se niega a condenar con la contundencia obligada en un demócrata que se precie. Españolear.

Lo peor de todo, don Mariano, es que ni usted ni su partido están en modo alguno dispuestos a acoger en la España que pretenden a su imagen y semejanza el legado cultural que forma parte de lo mejor de nosotros mismos.

Créame que a mí me gustaría vivir en un país en el que nadie se cuestionase su pertenencia a él. Pero ello sólo es posible desde la libertad, desde el respeto a la pluralidad, desde la conciencia de un pasado de grandezas y remordimientos, por citar una vez más Renan. Y, en cualquier caso, hay una parte importante de esas grandezas de las que ustedes no quieren acordarse.

Aquí no sólo tiene que haber cabida para todos, es que además hay que hacerles sitio a todos aquellos que forman parte de nuestro pasado, un pasado que ustedes, los conservadores, desean tener sepultado bajo siete llaves, como diría el discurso regeneracionista.

Mire, lo peor de la dictadura es que consiguió que muchos identificasen España con el franquismo. Y, para enderezar ese entuerto, hay que recuperar parte de ese pasado común del que usted no quiere saber nada. Éste es el más grave callejón sin salida en el que se encuentra su discurso, don Mariano.

Hay un político europeo, Sarkozy, que está causando asombro en Europa, que sostiene un discurso que genera opiniones encontradas y que, sobre todo, está consiguiendo poner de manifiesto las contradicciones en las que se encuentra la izquierda en el mundo actual. ¡Qué lejos están ustedes, don Mariano, del actual presidente francés! ¡De qué manera desperdician las contradicciones e inconsistencias de Zapatero, de ese «bobo solemne», según sus palabras, que, sin embargo, tiene muchísimas posibilidades de volver a derrotarlo a usted electoralmente!

¿Cómo es posible que usted no se dé cuenta de que «el tema de España» es un referente de discusión intelectual y literaria que da mucho de sí y que, por tanto, es pueril, folclórico y carpetovetónico ese discurso suyo de un patriotismo de pasodoble?

Si el 98, empezando por Unamuno, puso frente a frente el casticismo y el europeísmo, lo que hace usted es establecer la dicotomía entre su españolismo de pasodoble frente a otros nacionalismos peninsulares y frente a la política de Zapatero. ¿No le parece que habría otros recursos retóricos mucho más convincentes y mejores?

Españolear. Su himno, cuyos acordes musicales sonaban en la dictadura, al que este Gobierno del rojísimo Zapatero quiere poner letra. Su fiesta de la raza, que no repara, como escribió Azaña, en aquel genio español desparramado por el mundo. Españolear. Su patriotismo, volviendo a una expresión muy del gusto de Azaña, es pura «bisutería histórica».

¿Sabe? Lo único que le falta a usted es salir como aquella infanta, escandalosamente castiza, que dijo aquello de «¡viva España, coño!».

¿En qué puede sustentarse un patriotismo que pretende sepultar parte inseparable de su pasado, que no suma, sino que resta, que declina toda discusión histórica, que soslaya lo mejor de su literatura? ¿No es eso una contradicción en sus propios términos, señor Rajoy?

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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