Habrá para la literatura catalana un después de ser la invitada de honor en Frankfurt´07, del mismo modo, salvando las escalas, que para Barcelona hubo un después de los Juegos. No es que antes no existiéramos o no fuéramos considerados. Lo que cambia un acontecimiento de este tipo, para quien verdaderamente lo necesita, es que la consideración pasa de parcial y fragmentaria a universal. La cultura catalana no sólo es la invitada de honor, sino que es la primera invitada de honor sin Estado. Los ocho siglos de antigüedad que hacen de la lengua catalana una de las primeras en manifestarse en plenitud tras la caída del imperio romano - desde luego, la primera en desarrollar una prosa a la altura del latín- dejan de ser el secreto mejor guardado de la Europa de los estados.

También se ha hecho evidente hacia fuera que, tras tantos avatares, no sólo sigue viva sino que cuenta con un buen número de autores que por su obra merecen situarse entre los más respetados. Algunos, entre los mejor dotados a la hora de romper esquemas con brillantez. Y no sólo eso, que ya sería mucho, sino que el catalán sirve tanto como cualquiera de las primeras lenguas europeas para producir best-sellers capaces de generar ventas millonarias en decenas de idiomas. El catalán aparece como lengua de alta cultura y lengua de expresión de profesionales de la cultura de masas, con todos los estratos intermedios, a pesar de su ámbito comparativamente reducido.

Eso es la normalidad, dejar de estar clasificados como una especie rara y entrar en la orquesta con instrumentos y partituras propios. Después de Frankfurt´07, dejamos de jugar con desventaja. No está todo hecho, pero sí lo principal. Sin alcanzar la categoría de tótem, hemos dejado de ser tabú. De ahí se desprende una importante conclusión: si tuviéramos un Estado propio, uno más y de pleno derecho en la Unión Europea, nuestra literatura y cultura no estarían mejor consideradas. Con los independentistas en la conselleria y el Ramon Llull, y un presidente nacido en Andalucía que pone todos los medios sin escatimar como sus antecesores, la normalización cultural ha dejado de ser un argumento para la independencia. Tenemos desajustes, retos importantes, objetivos sin alcanzar, pero también los tienen otras culturas de ámbito parecido, y no por tener un estado se encuentran en mejor o peor situación para resolverlos.

Frankfurt es crucial, también porque acelera y precipita cambios de magnitud en el interior de la literatura catalana y el país que produce. Ante todo, el que va de la jeremiada permanente de no pocos al optimismo ambiental. Escribir, crear en catalán, ha dejado de ser un handicap. O va dejando de serlo. La sociedad catalana, empezando por su establishment,ya no puede hacer como si la cultura propia fuera cosa de cuatro resistentes trasnochados. Por lo menos ya no se podrá lavar las manos y quedarse tan fresca sin que nadie le afee la desafección hacia lo que Europa sí valora. Sería un poco raro que habiendo saltado a la primera división cultural europea siguiéramos siendo de segunda o tercera en casa. Empezando por TV3 y siguiendo por los demás medios de comunicación, cambiarán, y mucho, los parámetros de visibilidad de nuestra cultura. No de la noche al día, aunque sí de un modo profundo y duradero. El empuje de Frankfurt tiene pues unas consecuencias hacia dentro tan relevantes como el salto en la propia proyección exterior.

No crean que exagero o me dejo llevar por un fácil entusiasmo. Incluso desde el escepticismo de quienes han predicado durante dos decenios en un semidesierto a fin de que la cultura ocupe en Catalunya un lugar equivalente, tan relevante como el que mantiene en los países de nuestro entorno, eran palpables los avances en este sentido. De igual modo que desde el catalán ya se traduce a otras lenguas lo mismo que desde el portugués o el sueco - sin Frankfurt´07, y de ahí en buena parte Frankfurt´07-.

Si para obtener los Juegos del 92, Samaranch fue el factor decisivo, los dos factores clave para Frankfurt´07 han sido la potencia editorial de Barcelona, su capitalidad editorial hispánica y la disponibilidad institucional. En cambio, el único lastre serio ha provenido del catalanismo político y de la mala fe. La excusa de no pocos periódicos, a la zaga de la ojeriza generada en Madrid, han sido las fotos quemadas por los radicales, pero es el nacionalismo catalán en su conjunto el que cae mal. Por ello, la literatura catalana debe desprenderse de toda veleidad - de hecho fantasmagoría- de formar parte de una entidad superior llamada proyecto de construcción nacional. La percepción ya existía entre los más avispados pero se ha hecho ahora mucho más evidente. Es malintencionado, y sale de Madrid, relacionar la cultura catalana con la quema de fotos del rey. Un escritor en catalán tiene tan poco que ver con ello como un escritor catalán en castellano, pues ambos son valorados por su obra, no por sus ideas o convicciones. Colegas de Madrid, en vez de intentar ensuciarnos añadiros a la fiesta. Disfrutad con nosotros de algo que es muy bueno también para España.