Durante mis últimos meses en Nueva York no podía dejar de advertir cuánto había cambiado la ciudad y el país desde que, recién llegado en septiembre del 2002, fuí a aquel restaurante italiano en los Highlands suburbanos de New Jersey no demasiado lejos de Hoboken donde nació Frank Sinatra, y, tras pasar por debajo de las barras y estrellas ondeantes en la puerta, escuché al viejo pianista cantar una nueva versión post 11-S de "My way" (A mi manera) con el estribillo: "We'll do it our way" (lo haremos a nuestra manera) y referencias a bombardeos en Afganistan, una letra no tan violenta como aquella canción de "the American way" – "te meteremos una bota por el culo"- del cantante de country Toby Keith, pero algo por el estilo. Eso ya no se escucha ni en las peñas republicanos de New Jersey. Nada es como fue en EE.UU. hace cinco años. Ahora, de vuelta en España, veo que los cambios no son menos impactantes.

En el 2002, hasta los taxistas paquistaníes en Nueva York metían pegatinas patrióticas en sus taxis amarillos con frases como "United we stand" aunque, por supuesto, para los habitantes de Little Pakistan en Brooklyn, el patriotismo estadounidense era entonces la única alternativa para quienes no querían exilarse de los agentes del departamento de seguridad interna en Toronto. Y lo cierto es que en aquellos tiempos cuando uno estaba "con nosotros (ellos) o contra nosotros (ellos)" hasta aquella azafata de Air Canada, durante el aterrizaje en Ottawa poco después del 11-S, añadió al habitual "sabemos que ustedes pueden elegir entre varias compañías …" que: "I should say that these colours don't run when our friends are in need", haciendo juego de las palabras desteñir y correr (run). O sea que supiéramos todos los pasajeros procedentes de EE.UU. que el rojo y blanco y la hoja de arce de la bandera canadiense podían meterse en la misma lavadora que la barra y estrellas. No era sólo la draconiana Patriot act lo que inhibía e intimidaba hasta a los canadienses hace cinco años sino algo aun peor; una sensación de que no ondear la bandera era ser simpatizante del terrorismo.

En aquel entonces, se hablaba del peligro de que, tal vez tras un segundo atentado en EE.UU., la "nuestra manera" de la América post 11-S ya no sería sólo orweliana sino algo peor. Pero no ha ocurrido, al menos fuera del recinto de Guantánamo Bay. Hoy en día, ya no se ven banderas ni en los taxis, ni en las ventanas de los apartamentos en Manhattan ni tan siquiera colgados de las antenas de los todo terrenos 4x4, vehículos que ya se consideran de gusto dudoso, demasiado estrechamente vinculados con los años Bush, presidente pato cojo donde los haya. Aquellas pegatinas con el lazo y el "Dios bendiga nuestras tropas" aún se ven pero ya no son obligatorios (antes venían hasta con los coches de alquiler) y hasta he visto lazos pegatinas con la frase ¡Tráigalos para casa!. He hablado en los últimos meses con granjeros en Nebraska, tenderos en Kansas y secretarias en Ohio y todos dicen que la guerra en Iraq es un desastre. No digo que no sea posible que las banderas vuelvan a salir del armario si hay bombardeo en Irán. Pero no creo.

El patriotismo agresivo que me provocaba una sensación desagradable de vaciamiento inminente de tripas al llegar a Nueva York ha sido sustituido por esa especie de ironía saludablemente auto lacerante de un patriotismo acomplejado, las mismas sensaciones ambivalentes y confusas respecto a la identidad nacional que me gustaban tanto de España –y no Catalunya- la primera vez que vine en 1984 y que siempre me había gustado del imposible nacionalismo británico, una "patria" perfectamente disfuncional (hasta que Blair inventase el Cool Brittania) que nos daba vergüenza a todos y cuando en el estadio de Anfield ponían el himno nacional se cantaba: "God save our gracious team" (equipo en vez de reina). A mi me gustaban las identidades nacionales que no cuajaban y, increiblemente, EE.UU. tiene algo de eso en estos momentos, al menos en Nueva York. Supongo que Bush ha hecho por el nacionalismo estadounidense lo que Franco por el español. Es su única herencia positiva.

Pero por lo que veo ahora que estoy afincado en Madrid, gran parte de España parece haber superado sus complejos y recuperado su capacidad de sentir un orgullo nacional por lo que yo, como en EE.UU. en el 2002, siento necesidades acuciantes de ir corriendo al baño. Si antes la bandera española sólo se veía en eventos oficiales y en las tiendas de souvenirs horteras ahora hay pegatinas rojiamarillas en cada taxi, junto al GPS Tomtom porque si los taxistas madrileños han redescubierto la comunidad imaginada de la patria sus conocimientos concretos de las calles de su ciudad ya no son lo que eran. Si en EE.UU. ya no se ven tantos pins con la banderita en las solapas de trajes oscuros, en Madrid la pulsera con banderita rojo y amarillo ya hace juego con las melenas de rubia desteñida. Ondea la madre de todas las banderas en la plaza Colón y cada evento deportivo o cultural (hasta los oscar) es una prueba patriótica. "Alonso es "nuestro", Nadal también; hasta el Laberinto del Fauno es "nuestro". El equipo español de baloncesto femenino "vende cara su piel a las rusas" (El País). Ayer vi mi primera tertulia en Telemadrid que cuando yo llegué a la ciudad habría sido desenchufado por los sindicatos.. "Esta es MIIII patria!", insistió con la sangre bombeándose por sus mejillas Cristina Schlichting, la locutra de la COPE, y, por un momento, pensé que había oído Vaterland. Fatherland no se diría jamas en Estados Unidos e incluso la repetidas referencias al Heartland –la tierra del corazón, cuya quintaesencia se encuentra, según se dice, en el Taco Bell de aquel "supermall", centro comercial, de Dayton (Ohio)- ya no se oye tanto. Aun más increíble, aquí en Madrid ¡hasta hay periodistas –leí uno en Expansión el otro día- que defienden no sólo la decisión de ir a la guerra en Iraq sino también la necesidad de seguir. Esta especie ya se extinguió hasta en Dayton (Ohio).

Pero Madrid ya es el "heartland" con todos sus ingredientes esenciales, patriotismo español y productos globales. Tiene las banderas y tiene también los "malls", tiene el "sprawl" extraurbano y anodino y las franquicias multinacionales. Familias haciendo cola para comer quesadillas y hamburguesas en el VIPs para luego tomar el café en el Starbucks, dos multinacionales que se han fusionado sinérgicamente en Madrid, junto con la cadena asiática del mismo grupo Wok. Ayer fui a un restaurante llamado Sugar y me pusieron cerveza Budweiser con el menú del día con postre de chocolate brownie. (Al pedir una cerveza nacional trajeron Estrella –¡que sorpresa!- pero en un bote multicolor diseñado por Custo, lo que me hizo temer que la situación en Barcelona puede que no sea mucho mejor. Pero el cambio más devastador en el ámbito cervecero madrileño ocurrió anoche cuando fui a una gasolinera en Avenida América después del trabajo para comprar unos botes de cerveza para llevar a casa. "No te las puedo vender, es prohibido", me dijo la gasolinera detrás de un mostrador con su banderita española. En Nueva York, ni con la ley patriota se atrevería a hacer eso.