Entre la Revolución Francesa y la caída del muro de Berlín, la existencia de una fiesta nacional arraigada en el pueblo era un signo de madurez y fortaleza política. Las madres de todas las fiestas nacionales eran el 4 de julio, que conmemora la constitución de los Estados Unidos, y el 14 de julio francés, que nos trae el recuerdo de la caída del viejo régimen. Por eso son fiestas que siguen funcionando bastante bien, y no sólo para sus respectivas naciones, sino para todos los que entendemos que en la primera constitución y en la primera de las grandes revoluciones liberales se refleja una parte de nuestra propia historia.
Tomando como paradigma estas fiestas, muchos países que nacieron a la sombra de los imperios europeos también hicieron coincidir su fiesta nacional con su independencia. Pero España no hizo bien este trabajo, y en vez de instituir fiestas nacionales en las que el pueblo debería ser protagonista, se dedicó a señalar fiestas estatales, que responden a faenas del Estado, a episodios degradados por la apropiación del Estado, o a fechas que conmemoran valores o episodios puestos en solfa por la cultura política actual.
Nuestra fiesta pudo ser, por ejemplo, el 2 de mayo, cuando los ciudadanos, huérfanos de Estado, salvan y reconstruyen la nación moderna que hoy tenemos. También pudo ser el 19 de marzo, cuando se promulga la Constitución de Cádiz. E incluso pudo ser el 12 de octubre si, en vez de contaminarlo con esencias imperiales y racismos trasnochados, lo hubiésemos reducido a su más simple expresión: el descubrimiento de América. Porque ese fue -y no la guerra de Irak- el día que salimos del rincón de la historia.
El día de Santiago no era moderno ni laico. El 18 de julio era la conmemoración de un crimen contra la nación misma. El 12 de octubre es hoy un simple sucedáneo del insulso día de las Fuerzas Armadas. Y por eso nos conviene pensar que hay giros en la historia que convierten lo anticuado en moderno y el atraso en progreso. Y no les quepa la menor duda de que, en medio de la construcción de Europa y de los procesos de globalización, lo más moderno y lo más guay sería olvidarse de la fiesta nacional.
Confundir las fiestas del Estado con las fiestas nacionales es un craso error. Lucir lo que no se tiene es vano intento. Y aceptar de grado nuestra propia idiosincrasia sería, además de muy moderno, poner fin a la escenificación de nuestras frustraciones y al intento de imitar lo que en realidad no tenemos. Pero, mientras tal cosa no sucede, diremos muy bien que el Estado, sus funcionarios y sus soldados, al paseo de la Castellana, y los ciudadanos, o sea la nación, de puente. En las playas de aquí, o en las Bahamas.

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