LOS DÍAS VENCIDOS
Uno de los misterios más inextricables del mundo contemporáneo es la creación de la opinión pública. Hace un par de siglos, la opinión pública se sustentaba en el rumor. Era un mundo en el que una gran mayoría de la gente no sabía leer, y eso daba marchamo de verosimilitud a las voces que llegaban de las plazas o de los patios de luces. Hoy, en una Europa completamente alfabetizada, la opinión pública se sigue sustentando sobre el mismo mecanismo. Muchas son las cosas que se escriben, pero, por lo visto, continuamos sin saber leer, y las confirmaciones son más importantes que las informaciones.
La opinión pública se sustenta sobre la verdad estadística, esa que hace que las cosas sean ciertas no por la verdad, sino por el número de personas que creen una falsedad. Las voces ya no provienen de los patios de luces, sino de las tonterías y los infundios que se cuelgan de las pantallas, protegidas siempre por el anonimato y el camuflaje. Por más comisiones de control de los medios audiovisuales públicos que haya, siempre habrá una opinión pública que surge precisamente del descontrol. Y eso no es objetivamente malo. Lo que antes era la pintada clandestina sobre los muros, ahora es la invectiva ad hominem escrita en cualquier blog con el fin de destruir a un semejante sin necesidad de argumentar, ni mucho menos de arriesgar. La pantalla es una alternativa saludable al poder político. Pero no es necesariamente una alternativa democrática, porque siempre es susceptible de manipulación interesada. Hoy es mucho más fácil que unos cuantos decidan lo que es políticamente correcto.
Esa presión nace de la pantalla y se instala en el torpe orden de valores de los ciudadanos que no desean informarse. ¿Es de los nuestros o del enemigo? Cada vez son más los colegas de la opinión que me dicen: "Mira, Joan, no sé si lo que he escrito o he dicho era conveniente". Lo dicen en voz baja, como si les pesara la confidencia. En el fondo están usando un lamentable eufemismo que oculta una creciente verdad. Ahí va: la libertad de expresión en Catalu-
nya -porque estamos hablando de Catalunya- está garantizada por las leyes. Pero la libertad de pensamiento empieza a estar mediatizada por un ruido coral con fanfarrias de exaltación patriótica que impide escuchar la armonía de los solistas.
En una sociedad maniquea que no admite medias tintas, ni mucho menos dudas, la verdad se mide por los decibelios y por la suma de mensajes. Se está generando una nueva Iglesia, y ya se sabe que fuera de la Iglesia no hay salvación. El metro es una unidad de longitud clara. Se refiere a la famosa barra de platino e iridio que está en París. Si el límite son 10 metros, el metro 11 está fuera de registro. Pero en lo políticamente correcto, las medidas dependen de la vehemencia negativa de los medidores. Pensar distinto de lo que toca nunca ha estado bien visto por los defensores de la tierra. Se pone el listón más arriba, y los que se atrevan a superarlo serán tildados, una vez más, de botiflers o, en el mejor de los casos, se les ninguneará.
No es fácil hoy ser heterodoxo en Catalunya. No lo ponen fácil tampoco los salvajes uniformistas de Madrid y los miopes que algún día se consideraron progresistas. Pero la riqueza intelectual de un país se mide por su capacidad de decir lo que se piensa. Y hoy, esa Catalunya que fue el palacio de las terceras vías es un poco más pobre. Me gustaría equivocarme, pero las pantallas ciegan mis ojos y, aunque no quiera ver, veo.

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