Elucubrar sobre un zapato, de Carles Sans en El Mundo de Cataluña
BULEVAR
De estudiante, mi profesora de matemáticas me repetía cuando me veía distraído: «Sans, ¡céntrate o serás más tonto que un zapato!».En casa era lo mismo: «Si es que no et centres ¡Concentra't!», me repetía mi padre cuando, en vez de estudiar, me dedicaba a preguntar cosas que, siendo para mí de un enorme interés, resultaban intrascendentes y absurdas para todos los demás.
Ahora, mientras en una reunión los demás debaten con dedicación los asuntos planteados, mi frágil concentración escapa fácilmente y echa a navegar dando bandazos entre ideas y cavilaciones que nada tienen que ver con lo que me ha traído allí. Lucho -créanmepor regresar a lo que debe ocuparme; pero a los pocos minutos aparece otro motivo con el cual evadirme y alejarme de aquello que de verdad debería interesarme.
Esa inclinación por dejarme arrastrar hacia lo socialmente conocido como superfluo, sumado al cierto estado de ensoñación natural que me caracteriza, ha hecho que en más de una ocasión me haya cuestionado si a lo largo de los cinco años que llevo escribiendo en este Bulevar los temas tratados pueden haber sido de interés para la mayoría de ustedes, los lectores. Muchas veces son temas que dependen de una cierta sensibilidad simultánea con el lector y por ello están sujetos a una sintonía que, tal vez, no siempre se produzca. Sin duda, moverse en esa permanente incógnita es un excitante estímulo para seguir cuestionándome todos los días.(cuestionarse es crecer).
La observación de hoy, y por seguir con la predicción del zapato de mi antigua profesora, es la siguiente: hace unos días, mientras actuaba, perdí un zapato; di un brusco giro y el mocasín que holgadamente calzaba mi pie derecho se salió y quedó en el escenario, solo y alejado de todo. Allá, inerte, ese zapato resultaba un objeto sin sentido, que, boca abajo, se mostraba como un cuerpo ridículo e inútil. Y es que un zapato sin propietario, apartado de su par y abandonado bruscamente, es un alarmante símbolo de desolación. Tal vez por eso el público no se rio.
¿Se han parado a pensar sobre las inquietantes sensaciones que produce un zapato cuando lo hallamos solo, desubicado y separado de su gemelo?
Tal vez recuerden una fotografía de las manifestaciones en Birmania, en la cual se podían ver decenas de chanclas abandonadas en la calzada tras la brutal carga de la policía del régimen. Esas chanclas yacían como triste testigo de una huida pavorosa y presagio de una terrible desolación. A veces, cuando en la carretera pasamos por donde ha habido un accidente y vemos un zapato abandonado por su dueño, nos augura el peor de los desenlaces.
¡Qué triste y absurdo resulta perder un zapato y qué grotesco se transforma algo que puede ser tan estéticamente bello cuando está junto a su par, calzando el pie de quien pertenece!
¿Ven en las cosas que suelo pensar? Metido en esas cavilaciones, percibo, años más tarde, cuánta razón tenía mi profesora...
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