TRIBUNA
Ha reaparecido con fuerza el debate sobre el velo (o hiyab) y parece que hay dos cosas que están quedando claras. La primera es que no tenemos legislación que limite el uso de símbolos religiosos externos por parte de los alumnos; por tanto, cuando un colegio decide que en sus aulas no se puede vestir hiyab se está arrogando un dudoso derecho; y si además no pone vetos a otros símbolos religiosos está teniendo una actitud discriminatoria contra los musulmanes. Y la segunda es que el derecho a la educación no está al mismo nivel que la opinión que podamos tener sobre esa prenda de vestir, y en ningún caso puede llevarnos a negar el acceso de la niña a la escuela.
Pero sigue abierto el debate sobre la presencia de símbolos religiosos en la escuela. Reforzar la laicidad implica apostar por una presencia lo más reducida posible de éstos (de todos, incluidos los crucifijos que todavía cuelgan en algunas escuelas sufragadas con fondos públicos), pero las claves de la laicidad están en los contenidos de la enseñanza y en las prácticas colectivas en la escuela, más que en el aspecto externo del alumnado. Tampoco hemos de olvidar que es la vía del convencimiento y no la de la prohibición la que permite formar personas que acaben apostando por la sociedad laica, democrática e igualitaria.
Igualmente está abierto el debate sobre el específico significado del velo, especialmente en su relación con la discriminación de la mujer. Y aquí conviene tener en cuenta que dentro del mundo islámico, incluso entre las organizaciones feministas musulmanas, hay opiniones variadas: algunas dicen que el velo es útil para afirmar sus derechos y avanzar hacia la igualdad entre hombre y mujer; otras señalan que si el velo es necesario para que la mujer sea más respetada es porque está sometida a estructuras de profunda desigualdad.
El debate ha de centrarse en situaciones reales de discriminación, no en los símbolos que creemos que las representan. También hemos de estar atentos a situaciones en las que las chicas que no quieran llevar velo tengan problemas por tal motivo; algo que ha ocurrido en determinados sectores del mundo musulmán francés y que dio lugar a la creación del movimiento Ni putas ni insumisas.Todo ello sin olvidar que la lucha antidiscriminatoria debe ser abordada con toda la globalidad que exige. Nuestra sociedad expresa cierto cinismo cuando se preocupa tanto por la discriminación que la mujer musulmana puede sufrir en el interior de su familia o comunidad y tan poco por la discriminación a la que la sociedad la somete, en tanto que musulmana, o inmigrante, o mujer. En fin…, lo de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el nuestro.
Miguel Pajares, Miembro del Grecs (Universitat de Barcelona).

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