Sexo en Madrid

Llevaba semanas esperando el regalo que Luisa le había prometido para sus bodas de estaño (del décimo aniversario). Ella le había dicho que estaba segura de que le sorprendería y que le iba a encantar. Cada vez que hablaba del famoso regalo, a Luisa se le iluminaba la mirada y Alfredo estaba intrigadísimo con lo que habría elegido su mujer. Cuando por fin llegó la mañana del 6 de junio, Luisa le dio la caja que llevaba escondiendo tanto tiempo. Eran una serie de cuerdas y de trozos de cuero. Leyó la etiqueta y ponía que era un columpio. Alfredo miró a Luisa, convencido de que era una broma, pero ella le dio la segunda parte del regalo. Un folleto a todo color, donde se explicaban las funciones de ese columpio tan especial. Que si con la pierna apoyada en uno de los trozos de cuero, que si penetración desde atrás, que si ella encima agarrada por un arnés... Alfredo empezó a rebobinar para encontrar una explicación a ese regalo y se acordó de una vez que habían ido al Circo del Sol, y que allí él había comentado el morbo que le daban las trapecistas. El conocía a su mujer y sabía que el regalo tenía que ver con aquello. Así que puso cara de que Luisa había dado en el clavo y empezó a pensar en lo negado que era él para el bricolaje y lo importante que era colgar aquello bien si no querían romperse la crisma. Mientras Luisa le iba explicando las posibilidades que tenía aquel artefacto, Alejandro sonreía, hacía algún comentario jocoso, pero tenía las tres cuartas partes de su pensamiento en cómo iba a apañárselas para asegurar el columpio al techo porque, claro, no podía recurrir para eso a ningún amigo, como hacía cada vez que tenía que colgar un cuadro. Para rematar el regalo, Luisa había comprado un par de vídeos de, digamos, porno didáctico. Una pareja mostraba las infinitas posibilidades del producto que había comprado en Mundo Fantástico (Atocha, 80). Durante las semanas siguientes los vídeos de instrucciones ayudaron a que su vida sexual se animara considerablemente. Un año después, el columpio, igual que los cuadros que compraron hace un par de años, sigue sin que nadie lo cuelgue, pero es testigo de la flexibilidad que en este tiempo ha cogido Luisa, que imita, en el suelo, las posturas que los fabricantes del columpio recomiendan.

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