LA AUSENCIA DE ESCRITORES CATALANES EN LENGUA CASTELLANA

Encima de la Kaissersalle (Sala Imperial) del Ayuntamiento de Fráncfort, que contiene los retratos al óleo de los emperadores del Sacro Imperio -desde Karl der Grosse (Carlomagno, 768-814, emperador desde el 800) hasta Franz II (Francisco II, 1768-1835), que en 1806 perdió el título después de ser derrotado por Napoleón- tuvo lugar los pasados 6 y 7 de octubre el simposio internacional Por una Europa abierta, en el que participaron los expresidentes Jordi Pujol y Pasqual Maragall y un nutrido grupo de escritores, profesores, periodistas, políticos e intelectuales de toda Europa. Especialmente emotivo fue el homenaje dedicado al recuerdo de la periodista rusa Anna Politkóvskaya en el aniversario de su asesinato.

TRESCIENTOS metros más al sur, allí donde el Main presenta un pequeño meandro, cruzando el río, uno llega a la avenida Schaumainkai y se encuentra con una serie de museos que acogen algunas de las exposiciones relacionadas con la cultura catalana, desde la nueva arquitectura hasta Gaudí, el cómic y el VisualKultur.Cat, que incluye obras, diseños y manifestaciones artísticas de Miró, Dalí, Tàpies, Prat, Gifreu, Pazos, Amat, Perejaume, Santos, Comediants... En otros lugares de la ciudad uno puede ver la colección de obras del Macba y exposiciones dedicadas a los fotógrafos y a los ilustradores catalanes, a Joan Miró, a la estancia de Walter Benjamin en Eivissa, etcétera. Paralelamente, los conciertos: la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya, Maria del Mar Bonet & Miguel Poveda, Sònar Nits, Òpera, Jordi Savall, Jazz.Cat, Catalan Sounds... Y, claro, el teatro, con la particular versión de Tirant lo Blanc de Calixto Bieito y las producciones de Sergi Belbel, Joan Baixas, las representaciones para niños, la danza, la literatura, los encuentros poéticos, el diálogo cultural, la gastronomía y muchas más actividades que reflejan el carácter, la historia y la actualidad de una cultura europea milenaria, singular pero con vocación universal, surgida en torno a una lengua que no cuenta con un Estado que la represente y que, sin embargo, pervive llena de fuerza y convicción de futuro por diferentes territorios del Mediterráneo más occidental.

Fráncfort se ha engalanado de cultura catalana y, especialmente, de su literatura, desde la exposición preparada para el espacio central de la feria por Narcís Comadira y Xavier Folch, hasta los escaparates de las librerías de la ciudad donde se exponen las traducciones al alemán de los autores catalanes. Las banderolas con la bailarina de Miquel Barceló, frágil, desajustada y a la vez tenaz, llenan las calles de la ciudad que, por unos días, se ha convertido en una prolongación de Catalunya. La invitación de la cultura catalana como invitada de honor a la Feria del Libro de Fráncfort 2007 era una oportunidad única, que no podía dejarse perder y que, afortunadamente, no se ha perdido, como ha podido comprobarse en la ceremonia inaugural dirigida por Joan Ollé. Fráncfort ha colocado la cultura catalana en el escaparate de las culturas universales, lo cual no solo debería significar una gran dosis de autoestima para los ciudadanos de Catalunya, sino que habrá que saberlo aprovechar para hacer valer los derechos de una lengua y una literatura a menudo menospreciadas.

De ahí el estupor al volver a Barcelona y vivir el tratamiento que están dando de ello algunos medios de comunicación -incluidos los públicos- que solo parecen dar importancia al debate relativo a la no presencia oficial de escritores catalanes en lengua castellana. No dudo de que se hayan podido cometer errores a partir de una situación heredada, que se haya abundado en malos entendidos (a pesar de que como recordaba el president Maragall sí fueron invitados algunos de esos escritores que desistieron de asistir), pero seguir obstinándose en una falsa polémica cuando nuestra cultura está en el centro del foco internacional abierto en Fráncfort no tiene nada de singular, sino más bien de enfermizo, y no tiene nada de universal, y sí mucho de provinciano. Todo ello resulta paradójico visto desde Fráncfort y, especialmente, visto desde la pluralidad lingüística de los actos culturales programados. Es como si el reconocimiento de la cultura catalana y, especialmente de su literatura, irritara profundamente a determinados sectores empapados de autoodio.

RESULTA difícil entender esta obsesión, especialmente después de que Eduardo Mendoza quitara hierro a la polémica afirmando que está muy bien que la literatura catalana, "una literatura europea de muy antigua tradición, con sus clásicos, y que todavía hoy está viva -más viva que la holandesa o la sueca-, pero que se mantiene en una situación rara, sin un Estado que la haga oficial", tenga en la Feria Internacional del Libro de Fráncfort "su oportunidad".

Pero, ¡ay!, cuánto rencor alimentan algunos, obstinados en confrontar en una lucha fratricida lenguas y culturas y capaces de utilizar cualquier pretexto para cargar contra el Govern de la Generalitat. Pasan los años y la voz del poeta sigue perdiéndose en el vacío: Sepharad "fes que siguin segurs els ponts del diàleg// i mira de comprendre i estimar// les raons i les parles diverses dels teus fills" (Salvador Espriu).

Antoni Segura. Catedrático de Historia Contemporánea y director del Centro de Estudios Históricos Internacionales de la UB