España vive un nuevo siglo de las luces. En pensamiento político, estamos en una de las etapas más creativas que han visto los tiempos. Grandes figuras históricas, de Balmes a Ortega, resultan insignificantes ante los nuevos políticos e ideólogos que pueblan el solar patrio. Algunos deberían ser llevados a hombros mañana por el paseo de la Castellana de Madrid, entre los tanques y la cabra de la Legión. No podemos continuar la tradición de ocultar a los grandes genios. Hay que lucirlos, para que la gente los aclame como si fueran deportistas o personajes de programas del corazón.
Mañana, en concreto, habría que rendir tributo al molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, don José Montilla. Siento nostalgia de haberlo perdido como ministro de Industria y Energía. Pero siento la alegría de verlo ahora en un lugar donde su aportación a la ciencia política reluce con brillantez. Usted, lector, lo puede comprobar hoy mismo, en las páginas de información general de este diario: ha encontrado la clave para que desaparezcan o, al menos, dejen de alarmar los mozalbetes que queman fotos del Rey.
¿Lo han leído? ¿Lo han escuchado en la radio? El señor Montilla propone que esos actos de incineración dejen de estar penalizados; es decir, que dejen de ser delitos. En sagaz opinión del señor presidente, «si la Justicia no los persiguiera, no serían noticia». Tengo que llamar al palacio de la Zarzuela, no sea que pase desapercibida esta iniciativa. Confío en que el señor Bermejo, ministro de Justicia, tome en consideración la propuesta y la lleve a la próxima reunión del Gobierno. Y Rodríguez Zapatero ya tiene otra estrella que incorporar a su programa electoral: las quemas de fotos del jefe del Estado dejarán de existir, porque dejan de ser delitos. La solución estaba ahí, y sólo el señor Montilla ha conseguido verla.
¿Os imagináis la cantidad de conflictos que se pueden evitar? Fijaos en el tinglado ETA-Batasuna. ¿Por qué estamos metidos en ese lío? Porque hay jueces empeñados en ver delito en alguna reunión clandestina. ¡Qué cosa más tonta! Si no fuera delito, los 17 estarían en la calle. Al estar en la calle, no salen en el periódico. Si no salen en el periódico, Barrena no tiene que hablar de declaración de guerra. Y así sucesivamente. Incluso se podría despenalizar la secesión. Como no sería delito proclamar la República de Euskadi, no se publicaría la noticia. Al no publicarse, no sabríamos que es independiente. Y al fin y al cabo, como ya no existe allí el Estado español, podríamos continuar como si no hubiera pasado nada. Así que yo me apunto a la tesis Montilla, y me convierto en su primer propagandista, al patriótico grito de «¡Abajo el Código Penal!».

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