París consuma su giro pronorteamericano y prepara su ´regreso´ a la OTAN

Los relojes de París y Washington vuelven a marcar la misma hora. Después de años de distanciamiento y frialdad, que degeneró en enfrentamiento abierto en 2003 a causa de la guerra de Iraq, la llegada de Nicolas Sarkozy al Elíseo ha abierto una nueva etapa en las relaciones franco-norteamericanas. En cinco meses, el nuevo presidente francés ha dado un giro radical a la política exterior francesa y ha roto por completo con la doctrina de Jacques Chirac y sus antecesores. El próximo reingreso de Francia en la estructura militar de la OTAN, de la que se salió en 1966 por decisión del general De Gaulle, demuestra el alcance histórico del cambio que se está operando.

El retorno de Francia como miembro pleno de la Alianza Atlántica - un objetivo expresamente declarado por el presidente francés- ha tenido ya una primera traducción en el envío, el pasado 3 de octubre, de un documento en el que París propone oficialmente la puesta en marcha de diversos mecanismos para reforzar la cooperación entre la OTAN y la Unión Europea. Según el diario Le Monde,el Gobierno francés propone, entre otras cosas, que el alto representante de la UE para la política exterior y de seguridad, Javier Solana, participe de forma asidua en el Consejo Atlántico, y que el secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, haga lo propio en el Comité Político y de Seguridad de la UE. Más allá de sus consecuencias prácticas, la iniciativa demuestra la apuesta decidida de París por fortalecer los vínculos transatlánticos. Francia está dispuesta a jugar la carta de la OTAN, pero a condición de que se reconozca la importancia del pilar europeo.

El acercamiento a Washington estaba ya escrito negro sobre blanco en el programa electoral del entonces candidato Sarkozy - calificado no porque sí de proamericano y proatlantista- y su traducción práctica no ha tardado en llegar. La decisión del presidente francés de pasar sus primeras vacaciones oficiales en Estados Unidos ha sido un gesto de gran simbolismo, enormemente valorado al otro lado del Atlántico, mientras que la visita del ministro de Asuntos Exteriores, Bernard Kouchner, a Bagdad y sus declaraciones contemporizadoras han permitido cerrar definitivamente la herida de Iraq.

Este cambio de rumbo le ha valido las aceradas críticas del ex primer ministro Dominique de Villepin, que le ha acusado de "entreguismo" a los dictados de Washington. Contaminadas por el rencor, las acusaciones del último jefe de Gobierno de Chirac son probablemente en exceso esquemáticas.

Sarkozy, que se reclama un aliado fiel pero independiente, no parece dispuesto a plegarse ciegamente - grandeur obliga- a todos los deseos de EE. UU. y menos con un presidente, como George W. Bush, políticamente en fase terminal. Ahí están los ejemplos de Iraq - con París presionando para fijar una fecha para la retirada militar norteamericana- o el protocolo de Kyoto - tema en el que Sarkozy ha censurado la actitud obstruccionista estadounidense- para demostrar que la realidad es más matizada. Pero no por ello el giro pronorteamericano es menos acusado.

La reconstrucción de las relaciones bilaterales con Estados Unidos ha estado acompañada, en paralelo, con un acercamiento a los países del Este de Europa -con quienes Chirac se enfrentó a causa de su alineación con EE. UU. en la guerra de Iraq- y una nueva actitud hacia Rusia y el presidente Vladimir Putin, con quien Chirac mantenía una relación marcada fundamentalmente por el pragmatismo.

Nicolas Sarkozy, que ayer inició su primera visita oficial a Rusia, pretende también en este caso inaugurar una nueva etapa. El presidente francés se dice dispuesto a no callar sus discrepancias y sus criticas por motivos estratégicos. Por ejemplo, hacia la política energética de Rusia, que Sarkozy juzga caracterizada por una excesiva "brutalidad", o hacia la situación de Chechenia, asunto -junto al asesinato de la periodista Anna Politovskaya-, que el presidente francés lleva teóricamente en su agenda para plantear al líder ruso, a quien quiere convencer de que si Rusia quiere ver reconocido el peso al que aspira en el concierto mundial debe comportarse como una potencia responsable. En todo caso, Sarkozy no pretende romper la baraja. Por el contrario, el Elíseo ha remarcado que Rusia es un "interlocutor ineludible" y que los desacuerdos -como en los casos de Kosovo e Irán- deben servir para "redoblar los esfuerzos en la búsqueda de una convergencia".