La enorme resonancia que está obteniendo L el caso de la desaparición de la niña Madeleine Mc-Cann, especialmente a partir del momento en que sus padres pasaron a ser declarados oficialmente sospechosos, está dando lugar a múltiples comentarios, de muy diverso tipo. De entre todos ellos, quizá valga la pena llamar la atención sobre los que destacan que tanta insistencia, tanto presunto interés informativo (acentuado en las últimas semanas), potencian o estimulan lo que se acostumbra a denominar el morbo colectivo, expresión que tal vez merezca una pequeña reflexión.

La etimología de la palabra "morboso" no encierra mayores misterios: morboso es lo que causa - o, en cualquier caso, lo relacionado con- enfermedad.

Sin embargo, parece claro que, a pesar de ese origen tan concreto, el uso más extendido del término no es el literal, sino el metafórico. Hablamos de que algo es morboso porque nos parece siniestro, sórdido, retorcido o vinculado con dimensiones oscuras (y negativas) del ser humano. Era morbosa la delectación con la que mucha gente leía hace algunas décadas aquellos populares semanarios de sucesos (como El Caso o ¿Por qué?)o lo es la forma en que hoy la primera de TVE dedica la media hora anterior al telediario de mayor audiencia (el de las 21 h) a tratar esos mismos temas.

Las metáforas que terminan consolidándose - como ésta, desde luego- a menudo ocultan unos supuestos que, de explicitarlos, probablemente mucha gente no compartiría. Porque la idea de enfermedad tiene como contrapartida necesaria, como polo complementario de significado, la de salud, que queda de esta forma identificada con la norma (por eso una distinción paralela a la de morboso / saludable es la distinción patológico / normal). Pero qué contenido hayamos de atribuir a la salud está lejos de ser algo evidente por sí mismo. Durante el franquismo, resultaba habitual en los colegios religiosos que los curas se refirieran a los chicos que, además de estudiar, se dedicaban al deporte, dejando de lado perniciosas preocupaciones por el sexo, como chicos sanos. Los insanos eran los que, además de no estudiar, malgastaban su tiempo en un totum revolutum nefasto del que formaban parte, además de las mujeres, los billares, el tabaco, el baile y el alcohol. Hoy, en cambio, incluso el padre o la madre de familia más conservadores se refieren, sin especial inquietud, a la obsesión de sus hijos adolescentes por los asuntos sexuales con frases displicentes del tipo "tiene la hormona desatada" o similares, y ni se les ocurriría calificarlos de morbosos por intentar liberar tanta energía contenida. Eso cuando no utilizan abiertamente la expresión sexualidad sana (frente a los curas de antaño, que hablaban, como mucho, de sexualidad ordenada: repárese en la diferencia, nada irrelevante).

Sin embargo, y por más paradójico que a primera vista pueda parecer, quizá este tipo de lenguajes suponga un cierto avance (al menos si lo comparamos con lenguajes anteriores, y con los supuestos que éstos deslizaban). En el fondo, hablar en términos tomados de la medicina implica ya utilizar un lenguaje de connotaciones naturalistas que, por más que se refiera a dimensiones negativas, reconoce que todo lo nombrado es cosa que está en nosotros - que pertenece, digámoslo así, a la condición humana-. Dicho a la inversa: no es nada diabólico, ni una fatalidad, ni viene asociado con forma alguna de mal absoluto. De tratarse de un mal, se trataría de un mal al que todos estamos expuestos. Precisamente porque es un mal que, en principio, habita en todos nosotros.

Como es obvio, esto, que sin duda marcaba una inflexión positiva en relación con el imaginario colectivo precedente (teñido de pensamiento religioso), puede derivar en situaciones en la práctica tan indeseables como las anteriores. Para que se me entienda: en principio constituye, ciertamente, un avance considerar que alguien no es un endemoniado, sino que simplemente está loco. Y más avance aún es abandonar el término loco, y pasar a hablar de enfermo mental sin más. Pero si luego al supuesto enfermo mental se le interna en una clínica psiquiátrica como - en un ejemplo que alguien podrá considerar un tanto tremendista, pero que en todo caso fue absolutamente real- se hacía en la Unión Soviética de Stalin con cualquier disidente, habrá que convenir que el supuesto avance queda muy entredicho. O, acudiendo a otro ejemplo, sólo en apariencia más light: por increíble que a los más jóvenes les pueda parecer, hubo un tiempo - tampoco tan lejano, a fin de cuentas- en que algunas gentes, con el aire de quien hace gala de tolerancia y amplitud de miras, gustaban de repetir, sentenciosos, un tópico que hoy nos pone los pelos de punta: "homosexuales los hay de dos tipos: por vicio y por enfermedad". La consecuencia que de tan liberal posición se seguía era que los afectados por semejante juicio debían recibir tratamientos diferenciados: había que enviar a los primeros a la cárcel (o, de momento, al calabozo), y a los segundos sólo a un hospital especializado (o, de momento, a que los viera el médico). En definitiva, de nuevo se trata de aquello que decía Humpty Dumpty en Alicia en el país de las maravillas:la cuestión no es el significado de las palabras; lo realmente importante es saber quién manda. Y cómo ejerce su poder, claro.

M. CRUZ, catedrático de Filosofía en la UB y director de la revista 'Barcelona Metrópolis'.