La Coctelera

Reggio

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10 Octubre 2007

Las cámaras de Montera, de Antonio Lucas en El Mundo de Madrid

AQUI NO HAY PLAYA

La hipermoralidad es uno de los venenos del siglo XXI, una atrofia de la moral diseñada por mojigatos y celadores de la hipocresía. Los apocalípticos y los perversos siempre tienen un consejo que dar, una pócima prevista para el mal cuando el mal son ellos mismos estrechando libertades, aplicando un ricino de miedo o de pecado. Resulta ahora que la culpa del incremento de la delincuencia en la zona Centro (Montera y aledaños) es de la prostitución, de las izas, de las barraganas, del mapamundi de damas que apoyan el tacón en un charco y alquilan la ingle en los portales. Bajo sus ligas raídas crece, según la mala autoridad, la balada de gamberros de esta posmodernidad cutre y camastrona que acampa en el viejo Madrid de siempre, arboleda perdida de camellos, de navajas con sangre contraria.

Son la floresta marginal de la ciudad, las nuevas esclavas, la carne quemada al sol de la patera. Nadie repara en que esa marginalidad nace del abandono. Es la desesperación de los excluidos -esto suena a Marx-. Quieren ponerles cámaras esquineras para espantarles a los braguetas, pero eso no es remedio, sino un canal de Gran Hermano a pie de calle, un frufrú barato.

En esto, y en otras tantas cosas, estoy con las chicas de Hetaira, el colectivo que ampara a las putas: la única medida eficaz es la regulación, la asistencia sanitaria, el amparo contra las mafias, la dignidad como escudo, la protección de la víctima. Lo demás es trapicheo para difuminar un rato el astillero de cuerpos violados de Montera, de la Ballesta, de la Luna. Todo el mal rollo de las calles tiene su origen, en verdad, en la desidia oficial, que es el caldo de cultivo de lo ilícito, del quinquilleo.

Las putas son las máquinas tragaperras de la mafia que no quiere ser desmantelada. Las cámaras, en este caso, no son disuasorias, sino un cine de pecadillos veniales con el que se multa al cliente, pero nadie ha dicho nada del proxeneta. Es como ponerle un multazo al yonqui por yonqui (al enfermo por enfermo), mientras el narco sigue fecundando con mierda las papelinas.

Se extinguieron las rabizas de Galdós y de toda la genealogía literaria de España. Este Madrid lupanario y errático es el símbolo cruento y frío de la explotación, de la inmigración condenada. Y el único remedio que se le ocurre al Ayuntamiento es hacer del negocio torcido de las caboverdianas unos vídeos de primera con dosis de extorsión ciudadana. Estas mujeres de las que hablamos, memoria de las putas tristes, son parte del fracaso de la política (de su timo) y de la gestión social de los derechos.

Aquí vamos arrastrando el problema de consistorio en consistorio. Ahora son cámaras, mañana será un chip. Parches propios de un país barroco y esperpéntico como éste, aficionado a hacer inquisición de nuevo cuño con las estampas del tercermundismo. Eso no es solucionar, sino joder. Les quitan el alpiste y no les dan alternativa. O quizá es que la salida sea hacer un cinexín con sus putas vidas. Con perdón.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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