EL ESPECTADOR

No cambiamos. En cuanto ETA comete un atentado, se produce un aluvión de palabras que tratan de encontrar sentido al suceso. Es como un mecanismo reflejo automático, y siempre con los mismos tonos: busca de explicación; alerta sobre el cambio cualitativo o "punto de inflexión", que dijo Ibarretxe; condena de la crueldad; preguntas de hasta cuándo; llamadas a la unidad democrática y avisos de que con violencia ni los terroristas ni sus cómplices conseguirán nunca su objetivo.

Ayer, después de esa bomba que estuvo a punto de matar a Gabriel Ginés, ocurrió algo muy parecido al ritual. Las diferencias las puso el momento: vísperas del 12 de Octubre; máxima tensión por el encarcelamiento de los terroristas civiles de Batasuna; cercanía del encuentro Zapatero-Ibarretxe, y la seguridad policial de que ETA quiere hacer algo sonado. Entre unos factores y otros, la banda terrorista está consiguiendo tener a este país en vilo. La única buena noticia ha sido saber que el escolta contra el que han atentado pudo salvar su vida.

Y poco más en la teoría. A mi juicio, no se puede mencionar como novedad la de "atentar contra las personas", como hizo ayer el lehendakari, porque contra personas se atentó en el cuartel de la Guardia Civil de Durango o en la delegación de Defensa de Logroño, por no citar otros intentos fallidos. Se atenta contra personas siempre que se pone una bomba donde hay gente. Que no haya habido víctimas mortales sólo significa que ha funcionado el factor fortuna o que hubo fallos de los asesinos frustrados.

Lo que se hizo ayer en Bilbao ha sido volver al "terrorismo barato"; al que hace que cualquiera pueda poner una bomba lapa o apretar un gatillo en una nuca, simplemente con que alguien diga "esto es una declaración de guerra". Hechos crueles como el de ayer son los que justifican el principio jurídico que proclama que donde hay un criminal se puede cometer un crimen. Y ésa es, al final, la triste confirmación de que ETA, a pesar de todas las detenciones, sigue teniendo capacidad operativa; pero no porque sea grande y poderosa, sino porque poner una bomba es muy fácil: sólo se requiere mentalidad asesina.

Discrepo, por eso, del lehendakari cuando dice que "ETA ha cruzado la raya hacia ninguna parte". La cruzó, sí; pero lo hizo hace cuarenta años. Y la siguió cruzando cuando llegaron la libertad y la democracia y negó su existencia. Y cuando llegó la autonomía vasca y le pareció poca cosa. Y cuando rechazó las manos tendidas y la enorme generosidad que este país estaba dispuesto a demostrarle. Ayer sólo siguió en esa negación. En esa ceguera. Y lo malo no es que ayer hayan malherido a un hombre. Lo malo es que volvieron a atentar contra la razón.