EL RUNRÚN
Advierto al lector que este runrún sobre el caso Peri Rossi contiene algunas perogrulladas. La primera es que las cuestiones profesionales deberían ser analizadas con criterios profesionales. Eso fue lo primero que pensé cuando trascendió que la escritora uruguaya afincada en Barcelona desde hace tres décadas no seguiría contratada en un programa de Catalunya Ràdio porque no sabe expresarse en catalán. Me pareció lógico. Nadie va a contratarte en la RAI si no sabes expresarte en italiano ni en la BBC si no hablas inglés, lenguas que por otro lado se pueden aprender en menos de treinta años. Acto seguido recibí un correo electrónico del admirado escritor cubano Rolando Sánchez Mejías, afincado en Barcelona desde 1997, en el que me decía, literalmente: "¡Qué lindo el nuevo fascismo catalán, incluso no lo parece, oculto en su ropaje nacionalista!". Caray. Leí con interés el manifiesto subsiguiente y me admiré ante los heroicos anuncios de boicot a la Corporació por parte de dos tertulianos habituales. También seguí con curiosidad la extensión parlamentaria del conflicto y las consecuencias que ha suscitado.
Tanto interés por mi parte tiene una explicación muy sencilla: la radio es una profesión que practico. En 1989 Xavier Sardá me contrató para trabajar en La bisagra, de RNE, y ya no he parado, siempre en castellano. Hará ya una década que Gaspar Hernández me contrató un verano para colaborar en El matí de Catalunya Ràdio, y así hasta hoy, siempre en catalán.
En todos los ámbitos profesionales se exigen conocimientos. Las aptitudes de cada candidato son determinantes para que alguien decida ofrecerle un salario por sus servicios. ¿Puedo trabajar para un diario digital si no sé ni abrir un ordenador? En el mundo audiovisual, la lengua es uno de los más importantes. La temporada pasada, yo no podría haber trabajado de colaborador en el programa de La 2 Enfoque si no hubiese sabido expresarme en castellano. ¿Era eso fascismo oculto en ropaje nacionalista? Claro que no. Pero cabe recordar que RTVE es un ente público que diez millones de catalanohablantes ayudamos a financiar, y en cuyas emisiones generales no salen nunca ciudadanos españoles hablando en lenguas no castellanas. Cabe recordar también que en los medios públicos catalanes los ciudadanos hablan tranquilamente en castellano: llaman por teléfono, responden a encuestas en la calle, son entrevistados... Nadie parece interesado en informar de eso. Como tampoco nadie recuerda que el reparto lingüístico de la oferta audiovisual en Catalunya está 80-20 para el castellano. ¿Quién es ciudadano de segunda aquí?
Si una escritora de la pericia de Peri Rossi llevara treinta años en Los Ángeles, ciudad en la que es posible vivir en castellano, ¿no hubiese aprendido a hablar en inglés? Tal vez no. La gran Míriam Gómez, viuda de Guillermo Cabrera Infante, nunca quiso aprenderlo demasiado, a pesar de vivir en Londres, pero no me la imagino de tertuliana en la BBC. La realidad es que quienes protestan ruidosamente menosprecian el catalán y eso no sucede al revés. Monzó y Porcel, nuestros más visibles representantes esta semana en Frankfurt, no sólo no le hacen ascos al castellano, sino que lo dominan. Joan Corominas hizo un diccionario etimológico también del castellano. Si por mí fuera, tampoco renovaría el contrato a muchos tertulianos con los cuatro abuelos catalanes que destrozan el idioma por la radio, que es todo palabra, y encima cobran por ello. Y si creen que eso sólo sucede en catalán, lean El dardo en la palabra del gran Lázaro Carreter y verán a cuántos profesionales de la España monolingüe hubiera suspendido de empleo y sueldo el insigne académico. ¿Por qué se le da tan poca importancia a la lengua, a las lenguas, a determinadas lenguas?

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