El presidente del Gobierno ha acusado al PP de buscar la confrontación incluso en lo que están de acuerdo, "para apropiarse en solitario de la idea de España". El rechazo del referéndum de Ibarretxe y la defensa de la bandera "de todos" y del "gran papel" del Rey son, según él, los principales acuerdos "desacordados"... por puro cálculo electoral. En lo que al desafío de Ibarretxe se refiere me parece que a Zapatero no le falta razón; pero el contraataque popular, en mi opinión, tampoco carece de fundamento.

El presidente - responden- es quien ha roto éstos y otros consensos básicos por sus intereses partidarios, y sólo se acuerda del PP cuando nos necesita (por ejemplo para renovar el Consejo del Poder Judicial), para "lavarse la cara" de fracasos como la negociación con ETA o para "parasitar" el tirón que al final podría tener en las urnas "la idea de España".

Salvo en la petición de que el lehendakari dimita, formulada por Rajoy, mi impresión es que los discursos del PP y del PSOE contra el referéndum de Ibarretxe resultarían igual de contundentes a los ojos de cualquier observador imparcial, y que ninguno de los dos se aparta a su vez un ápice de lo que ambos sostuvieron en el Congreso contra la primera edición de ese plan. Pero, a juzgar por lo que llevamos visto en esta legislatura, lo que ese mismo observador imparcial concluiría, en mi opinión, en la cuestión territorial, es que los únicos que han defendido aquí "la idea de España" han sido Rajoy y el PP. ¿Ahora vende la marca España? Eso dicen las encuestas. ¿Sólo por eso el PSOE ha españolizado su discurso? ¿Simple oportunismo? Eso dice el PP.

Si esta tesis popular cala en la sociedad, Zapatero va a necesitar más que palabras para remontar el bajón que le augura la encuesta que publicó el domingo La Vanguardia,y aunque Rajoy sigue sin cosechar esos votos, mi impresión es que ya ha empezado a calar.

La reacción del Gobierno ante la guerra de las banderas y ante los quemafotos del Rey (por extensión, de lo que para la mayoría de los españoles representa su figura: el modelo de España de la transición) tal vez no sea tan "tibia" como dice el PP, pero llega tarde, y ahora el presidente tendrá que esforzarse para resultar creíble en el papel de adalid.