A pie de Caye
Pero qué ciudadanos podemos construir si llegamos a casa extenuados, soñando con un silencio sordo que frene la espiral que te sacude la cabeza, acelerados, rotos, sin fuerza para prestar la atención que necesita alguien que, hoy, depende de ti en cada instante de su vida? Tú te vas, el mundo sigue, y tu hijo absorbe toda la información de los demás, que, bajo su criterio, le explican las cosas de este mundo. Y cuando estás con él eres casi dolorosamente consciente de cómo sus ojitos se empapan de cada movimiento, de cada risa, de cada afirmación. Eres consciente de todo lo que pasa cuando no estás allí. Los parques de Madrid se llenan cada tarde de ecuatorianas, bolivianas, cubanas, brasileñas, mujeres que salvan su miseria cuidando a los hijos de otras mujeres supuestamente mucho más afortunadas. Lunes ocho de octubre. Parque del Templo de Debod. Una tarde cualquiera. Ellas hablan alrededor de un banco, hablan alto, ríen alto; los niños juegan solos. Quizá hace falta que se rompan la crisma para que se interrumpa esa conversación. Alguna madre de mirada perdida y sueños rotos se mezcla por allí, como una extraña. Y algún padre vigila el tobogán a gritos, con la oreja pegada al móvil. Seguir tu vida, sí, pero seguir tu vida es una trampa que te cuesta perderte la otra vida. Porque parir porque no quieres perderte nada de este destino inesperado, porque quieres completar tu comprensión del mundo para entender, o no, quién eres, es bueno. Y comprensible. Pero hacerlo en esta maraña que te exige desdoblarte a base de ansiedad y en nombre de un concepto tan álgido como la libertad, es un cepo en el que hemos puesto el alma. Porque a estas alturas de la conquista, a todas las que padecemos porque practicamos el don de la ubicuidad nos gustaría estar haciendo tartas de manzana, ordenando armarios y marcando la ropa del cole. ¿Pero en qué momento nos pasamos de ensayos? ¿En qué momento modificamos el guión subrayando lo histriónico, el victimismo, el eterno cansancio, la perenne y múltiple insatisfacción? Los parques de Madrid necesitan parejas felices, parejas con tiempo para cuidar del proyecto vital que un día iniciaron, parejas con ganas de prestar atención a lo más pequeño de esta vida, de luchar de la mano contra la prisa, el móvil, el parloteo mental, los malos tonos, las falsas prioridades que ocupan el lugar de lo que verdaderamente importa. ¿Pero qué ciudadanos podemos construir si la vida nos pasa por encima con botas de agua, si esperamos siempre a mañana para cambiar las cosas, si no estamos? Hay que volver a medir los tiempos, y aprender a parar. Quizá la verdadera libertad sea permitirse, permitirnos simplificar.

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