EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 41
No soy mitómana. Ni peregrina. Ni me gusta rendir culto. Declaración de principios mediante, hace unos días, realicé una peregrinación particular, como homenaje. Llevaba tiempo sin entrar en el Café Gijón, aquel descrito por Umbral, de butacas rojas en medio de un Madrid que entonces era gris y que hoy es de colores. Hacía tiempo que su aroma vetusto me rechazaba, tal que si el humo del tabaco hubiera colonizado sus rincones, mezclado con la humanidad. Visitaba, sí, su terraza veraniega, que poco concuerda con el lugar de tertulias literarias, que aún resisten, y menos aún con aquel reducto de poetas que escribían en cafés, periodistas metidos a políticos que conspiraban on the rocks y visitantes varios, meretrices bastantes y, a veces, buscadores de vida y empleo de los años 60.
Allí decidí pasar la tarde. Sentada, inquieta en aquellas sillas que se dirían las mismas desde que se fundó el café, en 1888, me invadió la melancolía, esa especie de señora inmensa que se instala a tu lado y te arrincona y amenaza ahogarte. Recordé entonces la primera vez que visité el Café Gijón, que no fue una noche como la de Paco, ni me recibió Cela, ni me recitó Hierro, ni escuché a Ruano. Es más, en aquel entonces Francisco ya había escrito el libro que más fama ha dado al local. Yo seguramente lo ignoraba, estudiante ignorante. En aquella época éramos universitarios en vías de dejar de serlo. Jugábamos ya a periodistas en olivettis, de las que extraíamos crónicas de teatro, de cine... que leíamos entre nosotros. Yo escribía crítica de escena y, una vez terminada, los folios, convertidos en buruño, simulaban perfecto balón con el que Carlos Llamas se sentía «atlético». Iba al Gijón, pero no buscaba ni citas, ni whiskies, ni tertulia, ni trabajo, ni novio. Todos sus clientes (había más todos que todas) eran o parecían mayores... de esa edad en la que podrían ser tu padre y ellos se morían por hacerte un hijo o el acto mediante el que se consigue. Yo buscaba otra clase de «padre». Quería un padrino. Un padrino teatral. No porque quisiera ser actriz, que en ese caso hubiera vuelto a la casilla número uno. Sino porque deseaba comprar entradas de clac, para el teatro María Guerrero, que era un templo. En el Gijón, aquel querido Alfonso, que te recibía en la puerta y te vendía tabaco, que era alma del café y recogía la memoria que algunos extraviaban, guardaba mi tesoro, los boletos que me abrían los teatros del barrio a precio de risa con la única obligación de aplaudir en los mutis.
Escribía estos párrafos mientras un caballero se aposentaba y extraía de su cartera lapiceros de todos los colores. Y un cuaderno. Compulsivo, pintaba mezclándolos como un niño. Esquinada, una americana empezaba a cenar mientras yo tomaba té. Recordaba. Escribía. Sentía. Y doña inmensa melancolía se empeñaba en aniquilarme. Me recordaba que en aquellas incursiones en busca de entradas de clac me había introducido un hermano que en esos instantes bien podría estar buscando a Umbral para entrevistarle por su último libro La noche que llegué al café del cielo. Tal vez Paco le pediría que lo hiciera tras otra entrevista comprometida esa noche para el nuevo programa de Carlos Llamas, Hora eterna.
© Mundinteractivos, S.A.

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