VICIOS DE LA CORTE
Robert Graves, autor de Yo, Claudio, necesitaba para pensar con claridad y para decidir alguna cuestión difícil que todo lo que le rodeara estuviera hecho a mano y que fuera de materiales nobles, cuero, madera y plata. Al gran poeta inglés le hubiera gustado que las urnas fueran de caparazón de tortuga o de conchas marinas, como en los tiempos del ostracismo ateniense.
Yo mismo, para que no se me vuelva maníaca la sintaxis, necesito luchar contra el plástico del ordenata y la toxicidad de la Red, estando cerca de una manzana, un tronco de árbol o alguna piedra. No puedo escribir sin oír por la ventana el canto de los pequeños y pintados colorines y el ladrido de los perros. Hay que recuperar la cordura y la concreción, evadiéndose de las ideas de poliestireno, que son peores que las del polichinela. Vivimos el futuro: pan sin harina, tortilla sin huevos, transgenia ideológica, política de reciclaje. La política plástica, de diseño, soluble en el agua, contaminante, provoca mucho titubeo y un batallón de indecisos. La indecisión es diagnosticada como trastorno cuando el paciente vuelve varias veces a comprobar si ha dejado abierto el gas después de cerrar la puerta.
En las elecciones de marzo no sabemos quién habrá dejado el gas abierto; el pronóstico es de empate; los partidos lo achacan a su falta de credibilidad. Manuel Sánchez escribía el domingo en EL MUNDO que ZP ha muerto. «El PSOE ha pedido a las agencias de publicidad que transmitan la idea de que su líder tiene credibilidad». Credibilidad, he ahí la cuestión.
Contra los indecisos, credibilidad como idea fuerte. Pero los electores no se van a encontrar urnas hechas noblemente a mano, ni discursos áticos, sino arquetas de plástico, transparentes, en los 2.000 colegios electorales y en las 5.000 cabinas. Dudan, y los que afortunadamente dudan, piensan; las elecciones también las deciden quienes deciden no decidir, los que se abstienen, los que votan en blanco. El votante-cosa, el votante-share, el crédulo, el de la fe del carbonero, ya sabemos a quién va a votar; los indecisos, los descentrados, los abruptos, los desobedientes, son las sal de la tierra y romperán el empate. Hay un voto de partido, el de la obediencia debida, por razones de lealtad; y hay un voto móvil, volandero, independiente. Se vota por conciencia de clase, por los impuestos, por ascender socialmente; se vota con el subconsciente, por las manías, por odios y revanchas. Y, al final, los partidos necesitan ser creíbles, porque la política ha sucedido a la religión; tal vez porque lo sagrado es el origen de lo político desde que los sacerdotes aconsejaban a los faraones.
Para que nos decidamos a ir a votar hace falta que la política se construya con ideas y materiales nobles, como las espadas y los vasos sagrados, lejos de las ideologías transgénicas y de las promesas plásticas, de diseño, potencialmente incendiarias, que hasta ahora emiten los partidos.
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