La Coctelera

Reggio

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9 Octubre 2007

El turco, como el castellano, de Víctor de la Serna en El Mundo

HOJEANDO ZAPEANDO

El distinguido experto en idiomas y culturas Josep-Lluís Carod Rovira acaba de declarar en Fráncfort que usar la lengua castellana en Cataluña es como usar la turca en Alemania. Indagando, llegamos a la conclusión de que tiene razón. Son muchos los paralelismos en el panorama de la cultura, la edición y los medios informativos de Alemania y Cataluña.

Así, el gran diario conservador La Vanguardia está redactado en castellano desde su fundación en 1881, y el gran diario conservador Die Welt está redactado en turco desde su fundación en 1946. En cambio, el gran diario progresista El Periódico ha añadido una edición en catalán a la que difunde desde 1978 en castellano, mientras que el gran diario liberal Frankfurter Allgemeine Zeitung sigue empeñado desde 1949 en sacar sólo la edición en turco.

La población de Cataluña es de unos siete millones de personas, de las que unos cuatro millones tienen el castellano como lengua materna; la proporción es similar en Alemania, donde 47 de sus 82 millones de habitantes hablan el turco en casa.

En Cataluña, muchos autores han escrito en castellano toda su obra, o gran parte: Josep Pla, Eugenio d'Ors, Ignacio Agustí, Carmen Laforet, Luis Romero, Luis y Juan Goytisolo, Terenci Moix, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Manuel Vázquez Montalbán, Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón, Javier Cercas... Y en Alemania Rainer Maria Rilke, Thomas Mann, Franz Kafka, Erich Maria Remarque, Bertolt Brecht, Heinrich Böll, Günter Grass, Peter Weiss, Peter Handke, Ingeborg Bachmann y Paul Celan han utilizado siempre, claro, el turco.

P.S. Un redactor de EL MUNDO se despedía el viernes de este periódico con un recadito a «los sabelotodos de la profesión», dedicado a este cronista. Le debía quemar mucho la dedicatoria: se la llevaba guardando más de dos años. Pero debo corregir al compañero (al que deseo toda suerte de venturas): debería haber dicho «sabelopoco», que es lo que uno es en realidad. Sucede que, las pocas cosas de las que sabe uno, se las sabe bastante; y, así como el diablo sabe por viejo más que por diablo, en este caso lo sabemos por viejos más que por periodistas. En todo caso, en las columnas en las que uno ejerce de media critic (rimbombante apelativo que usan los colegas anglosajones), intenta razonar las críticas, explicar los motivos por los que las hace. Enfrente, uno se encuentra con una generación -más joven y quizá con más prisas- de periodistas que no pierden tiempo en razonamientos sino que le despachan a uno con una descalificación, un epíteto, una crítica ad hominem. Hombre, lo de «sabelotodo» es poco hiriente comparado con lo que ha tenido uno que leer y escuchar: «mameluco», «matón», «víctima de la precariedad profesional», «desaforado», «traidor» (esto último, en la prensa falangista del tardofranquismo). A veces le da a uno envidia esa capacidad para despachar un desacuerdo con un buen exabrupto, sin más necesidad de devanarse los sesos. Es que a uno también se le ocurren unos cuantos...

© Mundinteractivos, S.A.

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