BULEVAR

Lo dije en el lejano 2005. Ramón de España se me había adelantado poniendo a parir esa máquina cuyos pilotos proyectan sobre ti en cualquier acera de la ciudad a una velocidad de vértigo alcanzable solo con anabolizantes, hormonas del crecimiento o cualquier otro dopaje de los que llenan las páginas negras -casi todas lo son- de un funesto deporte que no es para seres humanos y dejaría de existir si desapareciera la panoplia farmacológica que sustenta sus récords. Pero bueno, pudimos decirnos cuando eso ocurría en el Tour, que se maten ellos si quieren y con mucho dinero por medio, al contado o a plazos, como de vez en cuando los malditos asesinos de toros o como los atletas olímpicos -todos, no solo el pobre Ben Johnson que tuvo la desgracia de que lo pillaran-, pero que nos dejen tranquilos a los paseantes bucólicos e inofensivos. Pues no. En 2005 ya éramos sus víctimas predilectas.

Desde entonces la cosa no ha hecho sino empeorar. Están no ya protegidos, sino estimulados por las autoridades municipales, que parecen no haber constatado que una ciudad está hecha para gente que anda o para vehículos de cuatro ruedas, tirados antes por uno, dos o cuatro caballos y ahora por los 90 o los 115 de un motor de gasolina o gasóleo. Lo que no tiene lugar lógico en las vías urbanas civilizadas, como observaba ayer sagazmente en su columna Eduardo Mendoza, son esos monstruos híbridos llamados centauros o bicicletas (ni las tanquetas 4x4, añadiré).

Todos más o menos fuimos en un momento dado automovilistas, ciclistas (en el campo o en el pueblo) o ciudadanos de a pie.Esto ya no podemos serlo. Alcanzado el derecho a marido ajeno sin castigo por las esposas y el derecho a piso y herencia por gays y lesbianas, la última víctima indefensa que le queda a la conspiración municipal sobre dos ruedas sin motor somos los amantes del paseo higiénico y sosegado, la indeseable raza a extinguir, carne de holocausto impune: El Peatón, dicen despectivamente con mayúsculas, despreciando la ortografía tanto como a la especie humana.

La bicicleta, cuyo uso y abuso comenzaron a promover el alcalde Clos del Forum y sus secuaces ecológicos, y que ha llegado al paroxismo criminal con su sucesor Hereu, es una funesta fauna urbana para el verano guerracivilista del 36-39 del siglo pasado de Fernán Gómez, el bucolismo playero pirenaico o las películas sociales de Bardem y De Sica. Pero, lo repetiré, constituye el peligro número uno en la Barcelona de 2007. Peligro para el transporte publico, para el privado y, sobre todo, para los pobres paseantes.Esos suicidas asesinos con dos ruedas sin motor se te vienen encima invadiendo las aceras a velocidad de vértigo y en contra dirección, interfieren en la circulación rodada y consideran propiedad exclusiva -pistas impunes- los espacios que la autoridad municipal ha robado a los peatones para dárselos a ellos.

La autoridad dice que ha regulado la cosa. Los indicios dicen: mentira. Los ciclistas siguen campando a sus anchas. ¿Hasta cuándo?

ivantubau@hotmail.com

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