ZOOM

Estoy convencida de que la lucha contra la anorexia es una soberana memez. En otras palabras: no existe tal lucha. Forma parte de las campañas políticamente correctas, pero desprende un tufo de falsedad que tira de espaldas. La demagogia está muy presente en ciertos temas que afectan a las mujeres. Los malos tratos, por ejemplo. Hay qué ver con que facilidad devaluamos el lenguaje (y el mensaje) por una utilización indebida. Estoy harta de topar con falsas progres que cuando quieren desprestigiar a un hombre lo llaman maltratador. Es un insulto comúnmente aceptado y causa mucho efecto. Mira que hay adjetivos en el diccionario: machista, fanfarrón, chulo o gilipollas. Pues bien, ahora todos se resumen en uno: maltratador.

Desconozco si existe algún manual donde se sitúan las fronteras del maltrato. En este extremo, la susceptibilidad alcanza niveles de paranoia. Hay maridos que maltratan a su mujeres con enloquecedores silencios, pero como el silencio no cotiza en las campañas contra los malos tratos, nadie dice nada. En cambio, si esos maridos rozan el hombro de su pareja, pueden acabar con una denuncia en comisaria. Parece mentira: cuánta desinformación se acumula en algo aparentemente tan sencillo.

Hablo de los malos tratos porque la inercia siempre me lleva al mismo tema, pero hoy pienso en la anorexia. Ahí si que cunde la hipocresía. Todo el mundo dice, pero nadie hace ( hay demasiados intereses en el mundo de la belleza y la moda). Las mujeres lo sabemos bien. Todas queremos ser anoréxicas, aunque luego nos espante el resultado final: esa chica que ha retratado Oliveiro Toscani y cuya imagen es lo más parecido a una víctima de los campos de exterminio nazis. Yo misma me sorprendí el otro día describiendo a una muchacha que mi ojos percibían como ejemplo de belleza: «longilínea y leve, anoréxica como una gacela recién nacida», dije. Y es que también yo caigo en mi propia trampa. Crecí admirando a Twiggy, una modelo inglesa que sólo tenía ojos (parecía desnutrida, la pobre) y no puedo desalojar de mi cabeza esos clichés de belleza representados por mujeres geométricas y deslavadas, sin formas. Lo siento, pero no consigo cambiar de opinión. A pesar de las campañas, el tallaje de las prendas que hay en el mercado es cada vez más reducido, y las pasarelas de prêt à porter sólo ofrecen moda para flaquísimas. Los discursos sobre la anorexia son habladuría hueca, farfolla. En la televisión, hasta los spots del detergente que lava más blanco muestran a amas de casa que tienen pinta de no haber comido un cocido en su vida.

Según las estadísticas, las mujeres fumamos más que los hombres. No me extraña. El tabaco es nuestro mejor aliado para mantener la delgadez. Los creadores de moda son los responsables de nuestra obsesión. El día que vuelva el mito de las macizas, ya verán cómo cambiamos.

© Mundinteractivos, S.A.