LAS CARTAS BOCA ARRIBA

La tormenta desatada contra la Monarquía por primera vez desde 1976 sirve al autor para elogiar la reacción serena del Jefe de la Casa del Rey. Pasa después a felicitar a Carlos Bousoño por sacar a la luz pública el legado del Nobel Vicente Aleixandre y por último dedica un cariñoso recuerdo al pintor Pablo Palazuelo, fallecido estos días, destacando de él, además de su categoría artística, la sencillez personal.

ALBERTO AZA

La torpeza de un fiscal y un juez agrandaron de forma desmesurada una cuestión insignificante

Querido Embajador...

La serenidad, la prudencia, el buen sentido que estás demostrando
como Jefe de la Casa del Rey en la tormenta desencadenada contra la Monarquía por primera vez desde 1976, ha suscitado elogios muy sinceros hacia tu persona por parte de intelectuales cualificados. Tu larga experiencia durante la Transición política y después como embajador en el Reino Unido ha sido impagable para disminuir la tensión, controlar las impaciencias, templar los ánimos.

Tú sabes muy bien que lo inteligente, si una revista publica una caricatura procaz sobre los Príncipes de Asturias, es tragarse el sapo. Muy pocos ciudadanos se habrían enterado de la mofa. La reacción desmesurada del fiscal, y sobre todo la del juez secuestrando la publicación, con grave atentado contra la libertad de expresión, produjo el efecto contrario, como estaba cantado. Una cuestión insignificante se agrandó de forma desmesurada por la torpeza de juez y fiscal, siendo el origen de lo que ha venido después. No se pueden desencadenar ciertos vientos sin arrostrar tempestades.

Si unos muchachos queman una fotografía del Rey, no pasa nada. La actuación del fiscal -en este caso el juez ha sido prudente- era la garantía de que se multiplicaran las fogatas de manera indefinida. Pienso que la actitud de los fiscales se ha debido solo a la torpeza, aunque algunos creen que a la malignidad porque no hay que ser una lumbrera para prever la reacción pública a actuaciones de la fiscalía tan contraproducentes.

Como casi siempre, el columnista que ha acertado de lleno ha sido Ignacio Camacho, que enciende con su bella escritura la lucidez en el análisis.

«Así que el jefe de la Casa del Rey, Alberto Aza, -escribe Camacho- le podría recordar a Alonso la célebre anécdota de aquel embajador inglés al que cierto ministro franquista de la Gobernación le preguntó si deseaba que le mandase más guardias para protegerlo de una manifestación contra la ocupación de Gibraltar, manifiestamente inducida por el régimen. Es sabido que el diplomático contestó con retranca británica: «Me conformaría con que no me envíe más manifestantes...» Pues por las mismas, la Corona no necesita tanto que el Gobierno la apoye como que no contribuya a socavarla. Ni con mociones municipales promovidas por Izquierda Unida, ni con extemporáneas enmiendas para sustituir al Rey como jefe del Ejército, ni con coqueteos demagógicos con el mito idealizado de la II República, ni con tejemanejes de socios con los independentistas quemaefigies, ni con banderas tricolores en marchas y mítines, ni con guiños a un republicanismo cívico que al final deriva, como se ve, en sulfurosas ceremonias bastante inciviles, propias de pirómanos nigromantes. Todo eso va creando un clima envenenado en el que luego es muy difícil sujetar el extremismo, y se acaba minimizando la barbarie o la desmesura como si fuera una chiquillada de gamberros, de tal modo que unos concejales de pueblo se sienten con fuerzas para lanzar por su cuenta un órdago constituyente sobre la forma de Estado.»

Guárdate también, querido embajador, de algunos que se llaman monárquicos sobre todo si son conversos. Su celo no hará otra cosa que agrandar la tormenta. Siendo yo jovencito le escuché a Pedro Sainz Rodríguez, el consejero sabio de Juan III, la consigna que dio para defender la Monarquía frente a las terribles campañas de descrédito promovidas por la dictadura y su Secretaría General del Movimiento: «Pas trop de zèle». No demasiado celo. Tu inteligente política, embajador, ha sido no hacer mudanza en tiempo de turbulencia, no defender a ultranza ni debatir ni polemizar. Se trata de mantener la serenidad y el equilibrio e introducir en el mercado informativo noticias y actuaciones positivas del Rey, que son incontables. Y tal vez recordar algunas cosas. Según la relación que todos los años hace la ONU de las naciones del mundo por orden de calidad de vida y desarrollo, entre los diez primeros países del mundo hay siete monarquías parlamentarias. Entre los quince primeros, once monarquías parlamentarias. España ocupa el lugar diecinueve. Si Anasagasti me pregunta a mí qué prefiero la República alemana o la Monarquía dictatorial de Kuwait le contestaría, claro es, que la República alemana. Si yo le pregunto qué prefiere él la Monarquía noruega o la República de Birmania su respuesta sería la Monarquía noruega. Lo que importa en las formas de Estado es el contenido, es la democracia pluralista.

Y no estaría de más recordar a la memoria histórica del presidente del Gobierno y de su mentor, el irlandés Philip Petit, que la II República española fue una catástrofe de tal calibre que en agosto de 1936, un socialista honrado, Julián Besteiro, advirtió a Ortega y Gasset que huyera de Madrid porque le asesinaban. El gran filósofo, Marañón y Teófilo Hernando tuvieron que exiliarse para salvar la vida. Pérez de Ayala estaba ya fuera. Melquiades Alvarez se quedó, convencido de la liberalidad republicana. Y, en efecto, fue asesinado. Los autores intelectuales de la II República española -Ortega, Marañón y Pérez de Ayala- se vieron obligados a huir de una República que no era una forma de Estado sino una ideología que se desarrollaba de manera imparable hacia la dictadura comunista. Somos muchos los que tenemos memoria histórica al margen de sectarismos y manipulaciones. La victoria de Franco en la guerra incivil significaba la dictadura fascista; la del bando republicano, la dictadura comunista.

CARLOS BOUSOÑO

Has liberado el legado del poeta que fue referencia de la literatura española durante 50 años

Querido Carlos

Vicente Aleixandre tenía las espadas como labios. Mientras el
cuerpo feliz le fluía entre las manos, hablaba de la destrucción o el amor. Herido de tantas muertes, ya anciano, escribió sus Poemas de la consumación. En mi larga vida de lector de poesía, en pocas ocasiones he sentido una emoción tan grande como con los versos metafísicos de aquel libro definitivo, soleado de Hamlet y de Shakespeare, sobrecogido por la mirada distante del poeta, anclado en la antología primera, en la incógnita tremenda de no saber adónde vamos ni de dónde venimos.

Nunca negaste, querido Carlos, tu deuda discipular con Vicente Aleixandre que te colocó siempre en primer lugar entre sus admiraciones y sus amigos. El te enseñó a amar a esa España terrible, a esa «tierra donde un toro embiste y otro toro mata». Despedazado el cántaro, crees a duras penas en la inmortalidad indescifrable del esqueleto, mientras soportas la vida al borde del sollozo, en la mañana encendida de San Juan de la Cruz, junto a la consumación lenta del alma como en los versos últimos de Vicente. Guardo en casa una foto en Velintonia con Don Juan, Alburquerque, Dámaso Alonso, Pedro Sainz Rodríguez y Aleixandre. Me acuerdo que te eché de menos en aquella reunión, ya en las postrimerías del poeta.

Te escribo, en fin, estas líneas para felicitarte, Carlos, por haber liberado la correspondencia, los recuerdos, los poemas inéditos, el legado de aquel exiliado interior contra la dictadura, que convirtió su casa de Velintonia en centro de referencia de la vida literaria española.

PABLO PALAZUELO

Instalado en la vanguardia, nunca aceptaste que te zarandearan las modas artísticas

Mi querido, mi admirado Pablo Palazuelo

Pocas veces se ha producido una reacción tan unánime ante la
muerte de un artista. El elogio hacia tu obra, también hacia tu persona, ha sido general, desde Antonio López a Darío Villalba, desde Calvo Serraller a Borja Villel, desde «El País» a «La Razón». Fuiste un hombre honrado, una persona coherente, un pintor de altiva independencia. Señalan algunos críticos la influencia en tu obra de Paul Klee, de Kandinsky, de Duchamp, de Naum Gabo. Escribí muchas veces sobre la personal originalidad de tu pintura, con ese geometrismo musical que tiembla en tus lienzos. Decía mi amigo Cirlot, al que presenté su penúltimo libro, que el arte, como el hombre, se encuentra entre dos fuerzas contrarias que le solicitan: una es la belleza de la serenidad absoluta; la otra, la fascinación del abismo. Tú fuiste capaz de mantenerte en el fiel de esa balanza, instalado en la mejor vanguardia, en la exigencia de nuestro tiempo, pero sin perder el equilibrio, sin que te zarandearan las modas, impasible a la dictadura de cierta crítica impositiva.

Soledad Lorenzo, la inteligente, la sensible, la sabia Soledad Lorenzo, te ha definido mejor que nadie: «Cuando hablaba no se sentía un teórico, su comprensión de la vida era profunda, pero natural. Todos le entendíamos, aunque se metiese en vericuetos profundos, porque su expresión era justa, jamás grandilocuente». La sencillez personal y la calidad de tu obra artística te ha instalado, con tu abstracción geométrica, entre los grandes del siglo XX, sobre las mismas huellas de Picasso, Miró o Gris.

Como un eco de las soledades de Góngora que se hicieron línea y color en tus lienzos, sabrás ahora, querido Pablo, si al cruzar la oscura penumbra del más allá, el hombre se pierde en la soledad definitiva o descubre el mundo de la esperanza, ese océano ilimitado de energía de la nueva vida trascendente.

© Mundinteractivos, S.A.