Ser leonés, de Ismael María González Arias en El Comercio
EL 18 de marzo de 1978 estaba en León por cuestiones ajenas a una manifestación que tenía lugar aquel mismo día en defensa de la autonomía leonesa. Vivir en Asturies significa vivir de espaldas al mundo y, mucho más profundamente, a cal y canto de nuestros vecinos del sur. Nada sabíamos de aquella manifestación leonesa. Nada continuamos sabiendo treinta años más tarde de cómo fue posible que lugares tan anónimos como Cantabria, Murcia o La Rioja consiguieran ser autonomías uniprovinciales y un reino histórico como el de León se quedara como un simple guión al lado de Castilla.
No es broma: la mismísima Soria estuvo a punto de conseguir ser autonomía uniprovincial. La propia Castilla la Vieja estuvo varias veces a punto de partirse en pedazos por culpa de las discusiones sobre si la capital era Burgos o lo era Valladolid. Soria, como comunidad autónoma, puede parecernos desde la perspectiva de hoy un verdadero despropósito. Pero no lo es más que Logroño, por más que ahora se llame La Rioja y el tiempo vaya haciendo de las suyas para hacérnoslo olvidar.
Aquella manifestación surgía con motivo de la elaboración del primer proyecto de estatuto castellano-leonés, unos meses antes. Poco después, en mayo de aquel mismo año, el Consejo de Ministros aprobaba aquel proyecto de preautonomía. De nada sirvió siquiera que al año siguiente el Gobierno de la UCD nombrara como presidente de la Comisión de Autonomías a Rodolfo Martín Villa.
«Con el corazón en la mano, hubiéramos preferido votar por León sólo, pero han primado las razones de Estado», declaró el propio Martín Villa al año siguiente una vez que con su voto incluido el Gobierno de la UCD hacía prosperar el proyecto de autonomía junto a Castilla. Felipe González, entonces en la oposición, comentó que «este tema sólo a los leoneses les compete». Apenas dos años más tarde, ya en tareas de presidente de Gobierno, no consideró prioritario tener en consideración las competencias de los leoneses.
Los de Murcia, que habían conseguido zafarse de Albacete, y los de Logroño y Santander, que lo hicieron de la misma Castilla a la que continuaba anexa León, no daban crédito al logro de sus autonomías. Todavía hoy se siguen sorprendiendo de ello. Pero, para cualquiera que visite Cantabria o La Rioja, o repare en los datos de su economía y desarrollo, advertirá las enormes ventajas de haberse escapado de un macroproyecto autonómico que las hubiera engullido, a la manera que lo ha hecho con Soria, que nuestros estudiantes de instituto siguen teniendo que buscar con lupa para ver dónde queda.
La uniprovincial de las Baleares nos parece más coherente, seguramente por ser islas. Pero, ¿qué disculpa le encontramos a Navarra y a Asturies? Posiblemente, el hecho de que en los mapas que estudiamos de críos, a partir de la división provincial y regional de España, ya estábamos solos. Por lo que dimos menos que hablar. No obstante, en varios momentos del debate del diseño de la España de las autonomías, el mismísimo Martín Villa mentó la posibilidad de una autonomía conjunta de Asturies y León. Algo que no prosperó más por el recuerdo del Consejo Soberano de Asturies y León durante el periodo de la guerra civil que por ninguna otra cosa.
Ahora toca revisar los estatutos de autonomía de cada una de las comunidades autónomas -cuando ya no lo han hecho- y los de León se temen, y descaradamente saben, que van a continuar siendo una esquina de Castilla, al menos con el mismo temor o seguridad que los de Asturies van a seguir estando solos en mitad de la tierra.
La tendencia a la soledad es una apuesta de futuro. Europa nos muestra ese camino. No hay que estar más que un poco al tanto de la situación de Bélgica, a un paso de convertirse en dos países. Cuando no en tres, ya que no saben resolver el problema de su capital multilingüe y paneuropeo. Cuando no cuatro, ya que siguen contando con un mínimo territorio de habla alemana, con una extensión poco mayor que el concejo de Xixón, que tal y como se presentan las cosas a nadie extrañaría que pidiera su propio estatuto de ciudad o cantón libre.
Da la sensación de que Europa para ser libre regresa a Grecia. A las ciudades Estado. La sensación de que para ser grande y fuerte se necesita estar divida en la mínima expresión territorial. Una expresión a la medida del ciudadano.
No en vano acaba de decirle Putin a Zapatero, cuidado con el ejemplo que deis en Kósovo que tú tienes en casa el País Vasco. Podría haberle dicho León y lo habría entendido mejor. O Baviera si estuviese hablando con su homóloga alemana. O Córcega con el francés. O Liguria con el italiano. O Escocia con el inglés. O Frisia con el holandés.
De Asturies no se dice ni se cuenta nada. Quizás porque de los lugares felices nunca se cuenta nada. Quizás porque los lugares anónimos no dan nunca nada que hablar.
