Delante de mí, en la cola del Bon Preu, sólo hay una anciana de cabellos muy blancos, ojos azules, acuosos, que le explica a la cajera que ella es viuda; su marido murió hace ocho años, era catalán, y ella lo añora mucho; dice que estudió bel canto, en italiano, y que no habla catalán porque ambas lenguas se le confunden. Lo dice con los ojos llenos de lágrimas por la muerte del marido.

La cajera, muy joven, habla en andaluz y en catalán y no le presta mucha atención. Entonces yo le digo a la anciana solitaria: «¿Bel canto? ¡Qué belleza! A mí me gusta mucho el italiano, aunque no lo hablo muy bien. ¿Recuerda el aria Michiamano Mimi de La Bohème?»

A la anciana se le iluminan los ojos y, sonriente, me dice: «¡Soy soprano ligera! Me encanta esa ópera!». «Cante, cante un poquito», la animo, y ella, ante la indiferencia general, comienza a cantar con voz aguda y quebrada: «Michiamano Mimi, ma il mio nome, é Lucia» y yo, que tengo la voz más grave del mundo, canto un ratito con ella.

Después le pregunto: «¿Cuáles son sus sopranos favoritas?» Y me dice: «Ah, la Tebaldi, la Southerland, y la Callas», y yo agrego: «¿Y qué me dice de Victoria de los Angeles y de Montserrat Caballé?» Suspira, en éxtasis, y me responde: «Son grandes, muy grandes y universales, porque el arte no tiene patria». Y nos vamos tarareando un aria de Madame Butterfly de Puccini.

Cruzo la plaza y me encuentro con un vecino, gran lector de poesía, que me dice, con acento andaluz: «¡Amiga mía, no puedo creer lo que he leído! ¿Ya no está en Catalunya Radio? ¡No es posible!». Sigo entonces rumbo al restaurante del mercado. Tiene cocina casera, un menú de precio reducido que está muy bien. Como no me gusta comer sola, me siento al lado del portero del edificio donde vivo, que está con su perrita yorkshire. Me dice: «Somos familia. La perrita y yo». Festejo a la perrita: me gustan muchísimo los animales.

El portero me cuenta que hace unos años tuvo un pleito, porque un vecino lo denunció por ser gay. Ganó el pleito, pero padeció mucho; se enfermó de angustia y de tristeza. Se sentía perseguido por ser diferente. Ahora, dice que la situación está mejor: no se burlan de él, y cuando lo hacen, les contesta que no se puede perseguir a nadie por su conducta sexual, ni por su raza, ni por su religión o falta de religión.

Y nos quedamos contemplando a una pareja que nos gusta mucho, que come en el restaurante del mercado casi todos los días. Ella representa unos 40 años, tiene el pelo largo teñido de rubio y sonríe con cara de felicidad; él es más joven, y negro, muy negro; también sonríe con felicidad.

El habla inglés; ella, catalán, pero cuando sonríen o se miran, la expresión de amor y de felicidad es en la lengua universal del afecto. Afuera hace un día apacible, con buena temperatura. La vida puede ser muy amable; basta con querer al prójimo, a pesar de las diferencias que existen entre nosotros.

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