Heinrich von Kleist publicó en 1810, en pleno romanticismo, La marquesa de O, relato llevado al cine por E. Rohmer siglo y medio después. El filme está interpretado por una Edith Cléber tan etérea como ha de ser la marquesa creada por Kleist y un apuesto Bruno Ganz dando vida al conde de F., el militar que la salva del asalto de unos soldados. Ella ve al oficial como "un ángel del cielo", dice el libro, y Rohmer lo muestra unos escalones más arriba de Julieta, fuerte y resplandeciente.
La novela de Kleist trata de una violación, siendo así que, en una atmósfera romántica, la marquesa que se ha librado del asalto de la soldadesca es víctima inconsciente del oficial. Inconsciente porque "la dama perdió el sentido...". Tras los puntos suspensivos se esconde lo que en el siglo XIX no podía describirse.
La historia de Kleist no es original, ya que Montaigne, en 1580, habla en sus Ensayos de una mujer de pueblo, "de casta reputación", que al notar los síntomas de embarazo "decía a sus vecinas que pensaría estar encinta si tuviera marido". Y decide anunciar en la iglesia que si alguien reconocía ser el autor del hecho le perdonaría y se desposaría con él.
Fue un labrador quien confesó que, borracho, había encontrado a la mujer profundamente dormida, "y tan indecentemente, que había podido aprovecharse sin despertarla". Como colofón, Montaigne consigna, "casados, aún viven juntos".
Análogo final aporta Kleist, sin que ni en el relato real ni en la novela se censure la conducta del plebeyo o del aristócrata. El retrato del conde F. es el de un hombre enamorado de la dama a quien ha ultrajado, la cual acaba como la pueblerina de Montaigne, publicando en la prensa que "sin saber cómo, estaba a punto de dar a luz un nuevo hijo, cosa que comunicaba al padre ignorado", con quien estaba dispuesta a contraer matrimonio. Julieta se casa con el conde y tiene muchos más hijos.
La diferencia entre ayer y hoy es que los violadores son castigados. Su delito ha sido reconocido como tal a medida que sus víctimas también lo han sido, pasando de objeto de deseo a sujetos de pleno derecho. A partir de aquí, a los violadores jamás se les dotaría de un aura romántica. Execrados, la sociedad exige que sean tratados como enfermos, y recluidos, o como delincuentes que se redimen en la cárcel o han de ser vigilados al dejarla. En cuanto a derechos individuales, los de las víctimas van siempre por delante.
EULÀLIA SOLÉ, socióloga y escritora.

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