Sexo en Madrid
Su hermana le decía que estaba claro. Que todo era culpa de Jordi, que se había pasado los últimos siete años machacándola, haciéndole pensar que estaba demasiado delgada y que no valía para nada. Que no debía estar deprimida porque se hubiera ido con otra y que tenía que volver a ser como antes. Susana sabía que su hermana tenía razón: Jordi la había transformado. Al principio pensó que el tiempo la ayudaría. Que poco a poco recuperaría la confianza en sí misma. Pero no, pasaban los meses y cada vez estaba peor. Empezó a dejar de depilarse, a no teñirse las canas, a comer cada vez menos y a, inconscientemente, convertirse en lo que Jordi le había hecho pensar que parecía. Una noche, mientras velaba su insomnio, no fuera a escaparse, vio en Negro sobre Blanco, de Telemadrid una entrevista con Cristóbal Jodorowsky y se acordó de La Danza de la Realidad, un libro de su padre, Alejandro Jodorowsky, que había leído hacía años. Empezó a releerlo y al ver las tareas de psicomagia que el escritor encargaba a sus «pacientes», tuvo una especie de revelación. Cuando el deseo sexual aún formaba parte de su vida tenía una fantasía en la que se veía como una prostituta a la que los hombres requerían. Estaba claro, debía realizar un acto de psicomagia e igual que Jodorowsky recomendaba a un hombre con terror escénico a pintar sus genitales de rojo, pues ella se disfrazaría de puta. El ritual lo inició yendo a comprar la indumentaria. Así que pasó por la Belle Isabelle (Corredera Baja de San Pablo, 3), donde sabía que vendían lencería de alta costura. Eligió la esquina de Montera y Caballero de Gracia y empezó a arrepentirse inmediatamente de ese truco de psicomagia que había inventado. Después de una hora de sonreír a todo el que pasaba y ver que ningún hombre se le acercaba mientras que la señora del portal de enfrente ya había desaparecido varias veces con clientes, empezó a deprimirse. ¿Qué otra prueba necesitaba? Jordi tenía razón. Cuando estaba a punto de irse, se acercó una chica que no le había quitado ojo. Le preguntó si podía darle un consejo. Le explicó que así no iba a poder ganarse la vida. Que no era su sitio, que iba demasiado bien vestida y era excesivamente guapa. «Aquí, los hombres vienen a sentirse superiores y tú les intimidas». Susana le agradeció el consejo, se abrochó la camisa y se acercó a la Gran Vía andando con una seguridad que no había tenido hasta entonces. El truco empezaba a funcionar, de momento, se sentía más segura y, efectivamente, superior, porque entendió que Jordi había hecho todo aquello porque necesitaba hacerla parecer inferior.
silviagrijalba@mixmail.com
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados