Cada vez es mayor el número de personas que estudian y que han ido, van e irán a la universidad. Esto es un hecho objetivo que ya no admite discusión. Pero, al mismo tiempo que esto es así, lo es también que, en ese grupo de personas, hay pocos que conozcan lo que ha sido y es una institución de educación superior. Realmente, hay poca gente que sepa qué es una universidad, por qué y cómo se crearon y que intención tuvieron sus primeros organizadores y estudiosos.

Y ahora, que está de moda buscar nuestra identidad en la tierra, en la cultura o en un idioma, sería bueno tratar de redefinir lo que significa la universidad en los tiempos que corren.

LAS PRIMERAS universidades europeas como Bolonia (1088), París (1150), Oxford (1167), Cambridge (1209), Salamanca (1218), Padua (1222) o Coimbra (1290) sentaron las bases de lo que es la universidad de hoy en día. Desde sus comienzos, la universidad fue patrocinada por la Corona y por reyes en toda Europa, desde Alfonso IX, fundador de la Universidad de Salamanca en el año 1218, hasta Carlos IV, rey de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano que en el año 1348 funda la Universidad Carolingia de Praga. Fue Jaime IV, rey de Escocia, el monarca que patrocinó la independencia de la Universidad de Aberdeen del Sacro Imperio Romano y, Jorge IV, el que en el año 1829 funda el Kings College de la Universidad de Londres. A través de estas fundaciones puede percibirse el deseo histórico por parte de la monarquía europea de preocuparse por la evolución de una institución de importancia social y cultural vital dentro de cualquier sociedad.

Las universidades antiguas se desarrollaron a lo largo de la Edad Media y hasta bien entrada la historia de Europa. Las universidades más viejas se identificaron con el antiguo régimen, es decir, con las ideas de lo que tenía que ser una educación profesionalizada. Por eso, aún la idea medieval más filosófica de las siete artes liberales, se concibió pensando en profesionalizar a sus seguidores y expertos. En esos momentos, la institución se dedicó a proveer a las personas que podían seguir estudios de una educación bastante liberal, general y utilitaria. Se anhelaba la ciencia con preguntas que trataban de inspirarse en el espíritu de la verdad y se buscaba lo que tenía que ser enseñado con el propósito de conocer una materia en toda su profundidad. Esto se hacía dentro de una comunidad, con influencia monástica, algo que aún hoy se puede apreciar en las togas entendidas como trajes que imitan a los tradicionales de la vida conventual.

Esta concepción, que posiblemente está volviendo en nuestros días, causó bastante hostilidad y despecho desde el nuevo poder que trajo la Revolución Francesa. De hecho, bajo el poder de Napoleón, el término universidad dejó de ser utilizado, se denominaron politécnicos, surgiendo una nueva concepción de lo que debería ser la institución académica.

LA UNIVERSIDAD napoleónica se hizo un Departamento o Sección del Estado. De aquí que, sus profesores, tenían que ser funcionarios del mismo. De esta manera, la universidad francesa se convirtió en una escuela funcional para los ciudadanos que debían promover el bien social y económico de su país. Además, desde la perspectiva napoleónica, la universidad debería ser una comunidad de estudiosos que se gobernase así misma y que procurase una autonomía capaz de darle una gestión académica propia. Se inició así lo que se entiende hoy como los politécnicos (instituciones que enseñan e investigan en todas las formas de conocimiento) que se parecieron en sus comienzos más a los sistemas aplicados en la enseñanza media y en el magisterio, mucho más sujetos al control político y a las necesidades sociales que podían demandar tal o cual profesión para el bien del conjunto de la sociedad. Así, la universidad se hizo útil a la sociedad que la necesitaba.

A este tipo de universidad se opuso, quizás de una forma consciente, la concepción propuesta por Karl Wilhelm von Humbolt, el primer ministro de educación que hubo en Prusia y hermano del famoso naturalista y explorador alemán, Alexander von Humbolt. Para el ministro prusiano, la universidad debía entenderse como una comunidad de estudiosos dedicados enteramente a la búsqueda intelectual, sin que los logros obtenidos, tuviesen que materializarse en nada concreto o provechoso socialmente. Se buscaba la investigación más pura y el compromiso del universitario era con la más alta especulación y por el placer de obtener resultados para su propia satisfacción. Por eso, este tipo de institución no tuvo interés en materias o asignaturas aplicadas y, si en un purismo que lo imantaba todo.

Un cuarto modelo surgió en la tradición norteamericana y canadiense, que proviene de una clara influencia escocesa y que estableció las artes y las instituciones liberales apoyándose en las experiencias reformadoras aplicadas a las Facultades de Arte del siglo XVIII en Escocia. Estas, insistieron en preparar a sus alumnos en tres grandes materias: la Religión, el Derecho y la Medicina.

Además, este modelo implantó las universidades dedicadas a la agricultura y a la mecánica como elementos más importantes a desarrollar en grandes extensiones de terrenos fértiles en Norteamérica y Canadá. En estos días, cada vez más cerca de lo que se ha llamado desde la Unión Europea, el Espacio Europeo de la Enseñanza Superior, tenemos la obligación de recobrar la idea de la universidad más contemporánea sin apegarnos a nostalgias de un pasado que, posiblemente, nunca fue mejor. En principio, la universidad se ha despegado de sus ataduras con la Iglesia y con la teología, para adentrarse en las ciencias experimentales y en las actividades que de ellas se desprenden con una libertad desconocida. La autonomía de cada institución es cada vez más amplia y el alejamiento de todas las fuerzas que la desean encorsetar y hacerla solamente suya es también cada vez mayor. Es cierto que se echan de menos ideas como las que hablaban de hacerse científico por vocación; o que pensamientos como éste y, hablo en general, que los mediocres siguen triunfando a expensas de los más inteligentes, aún no han disipado del todo en las nieblas de la institución.

PERO, en esta semana, -como ha pasado en el año 1987 cuando se presentaron en esta Universidad de Oviedo los Programas Europeos para toda España,- y coincidiendo con la apertura de un curso que nos lleva a festejar el cuatrocientos aniversario de nuestra Universidad, todas las instituciones y todos los ciudadanos asturianos, deberíamos comprometernos a formar la vanguardia de las nuevas políticas de convergencia y de las programaciones europeas más comprometidas con la enseñanza y la investigación de futuro, apareciendo como un claro ejemplo para toda la universidad española.

La Universidad de Oviedo en su contexto del Principado de Asturias posee la capacidad para hacerlo y, muchos de sus profesores y gestores, la determinación para abrir los mejores caminos para lograrlo, desde el compromiso con el espíritu de la búsqueda de la verdad que, pese a quien pese, siempre acompaña al universitario.

José Luis Caramés Lage. Profesor Titular de la Universidad de Oviedo.