Gracias a una orden publicada en el Boletín Oficial de Defensa, los tartamudos pueden ya formar parte del ejército español. O sea, que hasta ahora no era así, aunque muchos lo desconociésemos. Los motivos más populares de exclusión del ejército - al menos en mi juventud, cuando había gente que intentaba escaquearse de la mili- eran ser estrecho de pecho, corto de talla o hijo de viuda. Más sofisticados, algunos se provocaban taquicardias o - con la ayuda de amigos psicólogos- fingían determinados tipos de locura. También se libraba uno si ya era padre o tan corto de vista que podía ser que, al apuntar a la diana, se cargarse al oficial que adiestraba a la tropa. Ése fue mi caso, para alegría de mis padres y gran pesar mío, pues de niño siempre había soñado con emprender una brillante carrera militar que me llevase a comandar compañías de soldados, divisiones de carros de combate, miles de portaaviones y acorazados escupiendo fuego por sus cañones, galaxias de aviones de caza: ¡ejércitos enteros a mi mando, bombardeando ciudades y países hasta dejarlos hechos puré...! Pero, bueno, visto que ahora las funciones de algunos ejércitos son casi de ONG y que cada vez se diferencian menos del servicio social por el que pasaban las chicas, casi me alegro.

Aunque siempre me pregunto qué habría pasado si no hubiese sido yo tan miope y me hubiesen admitido. Hablo comiéndome sílabas, de una forma sincopada que me acerca a la tartamudez. Es consecuencia del síndrome de La Tourette, que también hace que de repente se me dispare un párpado o tuerza el cuello en un gesto involuntario. Es lo que comúnmente llamamos tics. Pero los tics afectan también a otras zonas del cuerpo más aparatosas, y con movimientos más complejos pero igual de irrefrenables. Cuando en el patio del instituto de bachillerato teníamos clase de gimnasia, se me podía reconocer a distancia. Yo era aquel chico que, en perfecta alineación con todos los demás, de repente levantaba la pierna derecha hasta que la pantorrilla le tocaba el muslo. Entonces la bajaba y, mientras los demás permanecían inmóviles, yo daba rápidamente una vuelta sobre mí mismo. No podía evitarlo. En aquellos años, ese síndrome era aún menos conocido que ahora, y dudo que los médicos militares de aquel entonces entendiesen las apasionantes causas que llevan a ese frenesí de movimientos. Me imagino en plena formación, en posición de descanso... ¿En posición de descanso, un Tourette? ¿Hubiesen considerado que me burlaba de ellos? Mi soñada carrera hacia el generalato no hubiese empezado con buen pie.

Dicho lo cual, de la orden ahora publicada me intriga otra cosa. Se lee en ella que, para entrar en el ejército, se mantiene el veto a los hombres con "falta total de pene". Y pregunto yo - por pura curiosidad- ¿para qué necesitan obligatoriamente pene, los soldados? ¿Qué función exacta cumple en sus tareas castrenses? ¿Apretar con la punta el botón de la máquina de café?