´La Vanguardia´ ante la barbarie, de José Luis Sampedro en La Vanguardia
Al constatar que La Vanguardia nació hace 126 años, me produce extrañeza que recibiera ese nombre en su bautizo. Hay modas en los nombres. Los de los periódicos de entonces invocaban la actualidad, los intereses locales o los programas políticos. Trato de situarme en la época, a base de mis lecturas y de las ilustraciones en una lujosa revista barcelonesa coetánea (el Álbum Salón que pude hojear en mi infancia), y no me choca imaginar ese título periodístico pronunciado entre caballeros de levita y damas de polisón.
Dicho brevemente, no me resulta una palabra burguesa, pero tras esa primera impresión recuerdo que las burguesías ilustradas también fueron creadoras: a ellas les debemos, por ejemplo, la Florencia del siglo XV, la Venecia del XVIII, el París del barón Hausman e incluso la propia Barcelona finisecular del XIX que hoy admiramos. Para aquellos caballeros, en trance de elegir título para su proyecto periodístico, la palabra vanguardia suscitaría la idea de destacarse entre otras más vulgarizadas y también significaría el impulso hacia delante, mandar a la cabeza, anticiparse a la competencia: ¡Ésta sí es voz movilizadora!
Y eso, imagino, decidiría la cuestión. La Vanguardia alzó el vuelo con sus alas de papel, encarnando un espíritu que ya empezaba a merecer ese nombre en el mundo artístico del París que servía de faro para la Barcelona donde ya pintaban, tallaban y escribían excelentes creadores. El ambiente catalán era tan propicio que bien pudo contribuir a la hazaña, años después, del Picasso capaz de abrir las puertas al cubismo con sus definitorias Demoiselles d´Avinyon.
La Vanguardia sigue viva entre nosotros con una archiprobada ejecutoria; no necesita de encarecimientos, pero suscita interés acerca del significado del vocablo en el mundo actual que no es el de 1881. Entonces la consigna "hacia delante" - antes se había dicho "plus ultra"- era clara por sí sola. El progreso estaba en marcha impulsado por un sistema capitalista occidental bajo la dirección de Europa, asentada en el trono más alto de la civilización. Continuar por la vía ya emprendida era la consigna, sin otra imaginable alternativa. Incluso el movimiento de los astros seguía con rigor invariable: desde Newton el mundo era un reloj, matemáticamente determinado. El progreso consistía en conservarlo enriqueciéndolo.
Pero ahora no es tan absoluta la determinación. Vivimos en el mundo de la relatividad y la incertidumbre, han ocurrido muchas transformaciones. Sobre todo, estalló una primera Gran Guerra que conmovió el sistema en sus cimientos sin que Europa pudiera recuperarse (a causa de la Gran Depresión) antes de que la Segunda Guerra la destronara definitivamente, instaurando un mundo bipolar donde EE. UU. se hizo con la soberanía del capitalismo internacional.
Pese a aquellos cataclismos (además de la descolonización, la llamada guerra fría y otras novedades), la opinión mayoritaria considera superior y permanente el sistema de vida occidental, por lo que la consigna no ha variado y el objetivo se define como "más de lo mismo". Pero otros creemos que aquellas catástrofes y descomposiciones, las aberraciones hitlerianas con sus cámaras de gas y las purgas estalinistas, no fueron meras explosiones volcánicas dentro de un sistema en orden, sino asomos y signos de un seísmo más vasto y profundo. Lo que ha saltado ya en el aire es la totalidad. El sistema capitalista occidental está en su ocaso.
Es la Decadencia de Occidente, título de la obra publicada hace noventa años por Oswald Spengler. Por supuesto que el sistema mantiene muchos resortes en acción, lo mismo ocurrió cuando se desmoronó el imperio romano. Antes de que Europa (el Occidente de entonces) lograse avanzar hacia un nuevo orden, con Carlomagno o los Otones germánicos y otras gentes, trascurrieron siglos de confusión y barbarie. También ahora vemos desatarse violencias en gran escala contra valores en los que se basa la convivencia civilizada. El desprecio al derecho internacional, la tergiversación de la justicia, la burla de libertad duradera envasada en bombas y misiles, la pertinaz destrucción de la naturaleza, la multiplicación de murallas antipersonas en tiempos de comunicación y transportes globalizados, el desarrollismo ilimitado sin redistribución de la riqueza son ejemplos de ello.
Por eso hoy no basta declararse en vanguardia, y marchar a la cabeza. Es preciso decidir el rumbo: ¿Hacia dónde vamos?
Se nos repite que la ciencia - el único sector del sistema funcionando a pleno motor- va a trasformar el mundo, pero no se nos dice en cuál otro, porque no se sabe. No me atreveré yo a dar respuesta, mi única certeza es que otro mundo es seguro. No "posible" sino seguro ya que el actual no es sostenible, pero no cabe decir más. Vivimos en la barbarie. Barbarie, sí, aunque con alta tecnología; revivimos el final de Roma. Mientras lo viejo acaba de morir y lo nuevo termina de nacer, ¿qué significa ser vanguardia?
En tiempos de Napoleón, preguntado Talleyrand cómo había superado la Revolución Francesa (otra época caótica), el personaje contestó sibilinamente: "Sobreviví". Sobrevivir es el deber primordial de los seres vivientes y, como caso interesante ligado a Barcelona, yo evocaría la figura de la princesa Gala Placidia. Hermana, esposa y madre de sendos emperadores romanos, fue capturada en el saqueo de Roma y en 414 pasó a ser esposa del rey Ataúlfo, asesinado un año después. Devuelta a Roma logró sobrevivir hasta 450.
Sin duda vivir es ante todo sobrevivir, pero la civilización exige más, exige vivir con dignidad, sirviendo los valores del espíritu para la convivencia. La Vanguardia,con toda su tradición, podría ayudarnos a reencontrar el mundo nuevo y a identificar sus valores, pues en su origen vivió y sirvió a lo que es nuestra necesidad más urgente: un segundo Renacimiento, una Renaixença.
JOSÉ LUIS SAMPEDRO, escritor y ensayista político.
