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1 Octubre 2007

The Police, el regreso del año, de Laura Crespo en Los Blogs de La Vanguardia

Jamás había ido a un concierto con tantas expectativas a cumplir. Es decir, en mis 31 años de vida me ha dado tiempo de estar en conciertos míticos, pero quizá no apelaban a mi sensibilidad con tanta fuerza como éste. Estaba tan emocionada por tener entradas para el regreso de The Police que ni siquiera era capaz de imaginar cómo sería escuchar sus temas en directo. No conseguía recrear en mi cabeza esa futura sensación.

No leí nada sobre el concierto antes del día D, ni siquiera un reportaje que tenía localizado en la revista Rolling Stone del pasado julio y que guardaba como oro en paño para después. Quería llegar a Montjuïch con la cabeza en blanco, como si fuera una esponja a punto de meter bajo el grifo y dejarse empapar… de nada menos que de la voz de Sting, la guitarra de Andy Summers y la percusión de Stewart Copeland.

Los casi 55.000 asistentes no han parado de comentar las crónicas digitales que han aparecido estos días en los periódicos on line sobre la parada de The Police Reunion Tour en Barcelona. Hablan de nostalgia revivida, de reencuentro con el pasado, de resurrección de su juventud. Pero para mí, persona de sólo 9 años cuando se disolvieron en 1985, era otra cosa. The Police, y más concretamente Sting, siempre ha sido una inerte cinta de casete y posteriormente un CD de carátula rayada y gastado de tanto uso. Nunca ha sido algo real, un grupo que se le pueda oír de verdad. En cambio, sus éxitos han formado parte de mi banda sonora vital; desde pequeña y hasta ahora son un trozo de mi bagaje musical. Aprendí a tocar la guitarra machacando el arpegio de Every breath you take y continúo pensando que es una de las canciones más perfectas del mundo, a pesar de haberla oído ¿Cuántas? ¿Un millón de veces? O más.

Estamos hablando de la vuelta al escenario de un grupo de leyenda del que nadie albergaba (ni siquiera ellos) esperanza alguna de que se reunieran de nuevo y al que echábamos de menos hacía más de 20 años. Sting se había negado en redondo a rearmar The Police incluso cuando Summers le llamó contándole que les habían ofrecido un millón de dólares por tocar tres canciones hace unos años, en Brasil. Tampoco quiso cuando Copeland le sugirió hacer un concierto benéfico para las víctimas del tsunami, y en vez de planteárselo siquiera, en 2006 sorprende a todos publicando un disco en solitario (Songs From the Labyrinth) donde interpreta piezas propias con un laúd. Pero hasta las excentricidades tienen su momento y Sting, mente inquieta, para 2007 ya no supo qué más hacer. Y lo único que le quedaba era, por fin, ceder.

A pesar de ser el regreso del año –con permiso de Led Zeppelin- más que una vuelta, es un espejismo con fecha de caducidad. La reunión dura sólo un año, y "más allá de eso, no tengo planes" vuelve a remarcar con cabezonería Sting. Al menos nos dejó los ojos como platos al elegir Barcelona como única parada en España. Más o menos como susurrándonos a la oreja: "si no vienes, no será porque no te lo estoy sirviendo en bandeja" y, como tontos, por The Police no nos importó volvernos a pelear con el infumable servidor de Servicaixa por un par de entradas al precio que fuera.

Para mí, valió la pena. Cuando empezó a sonar Message in a bottle el estadio calló de golpe. No quiero parecer una pánfila, pero los ojos se me llenaron de lágrimas. Recordaré ese inicio durante mucho tiempo, y así seguí, al borde del berrinche, con punto culminante al corear sin parar aquel "io-io-yo-yo" de otro de los innumerables mega-éxitos, Walking on the moon.

La voz de Sting es impecable. No hay diferencia con la grabación en estudio, ni ha envejecido un ápice. Está igual de carismático y él sabe que todo podría haber girado alrededor de su ego, sin discusión. Sin embargo, cedió protagonismo a la guitarra de Summers, quien se marcó varios solos y también Copeland, se rodeó de mil cachivaches de percusión diferentes entregando su alma en el escenario. Sobre todo al dar pistoletazo de salida al concierto con un enorme gong que me recordó a aquél que suena con autoridad en el solo final del Englishman in New York.

Sí, reconozco que confundo los temas del grupo y de Sting en solitario, y que siguen sin sonarme muchas de las canciones que tocaron. Para qué voy a decir que me gustó Driven to tears o Hole in my life si no recuerdo haberlas oído antes nunca. No voy a ir de experta en discografía de The Police, pero tampoco era mi intención. Disfruté con Roxanne, con So Lonely e incluso con la simplona De Do Do Do, De Da Da Da. Creo que, como yo, muchos sólo fuimos a vivir una ocasión única, a conectar con historia viva de la música.

Aún así, faltó química. No hubo feeling en Montjuïch. Y la excusa de la edad, no me la creo. ¿Alguien fue al concierto de Paul McCartney en 2003? Dicen que la conexión con el público fue total. Y el ejemplo del ex Beatle descarta también la famosa flema británica, a la que podríamos achacar la falta de animación, la inexistente chispa.

Falló el show, pero permaneció la música. Lástima que todo no siempre se puede tener.

Tags: laura crespo

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