EL RUNRÚN
El periodista, y sin embargo amigo, Joaquim Roglam, recogía en estas mismas páginas la duda hamletiana, el ser o no ser del soci barcelonista, que con el corazón partido contemplaba la maqueta de lo que deberá ser el Camp Nou del señor Laporta, al cual sir Norman Foster le ha puesto el technicolor. Ha sido una vuelta más de tuerca en la regresión catalana, una muestra más de nuestra impotencia nacional en los tiempos actuales, pero acorde con el dictado de lo políticamente correcto: mirar la historia por el retrovisor. Volver a hacer un Liceu igualito que en el siglo XIX, un verdadero salto al vacío.
Hace cincuenta años, los burgueses catalanes que regían el Futbol Club Barcelona, aquellos que se pasaban el poder de mano en mano, igual que un porrón, llevaban el miedo metido en el cuerpo, sobre todo el miedo de perder los negocios, que era decir tanto como perder la razón de ser. Pero a pesar de ello tuvieron agallas, plantaron cara al franquismo, de una forma sutil y comprensible. Mientras el régimen llenaba Madrid de Nuevos Ministerios de estilo herreriano o escorialense, en Barcelona se apostaba decididamente por la modernidad a través de la sutileza mediterránea de las líneas trazadas por Francesc Mitjans, tras la mirada de unos ojos picarones. Les metieron un gol por toda la escuadra y el Camp Nou fue una prueba de que sí, de que los tiempos, a pesar de todo, estaban cambiando. No sólo se bailaron sardanas sino también se apostaba inequívocamente por el futuro, cuando la dictadura lo tenía todo, un poder omnímodo, menos eso: futuro. Se hizo patria de la buena.
Ahora el césar Laporta, que reparte copas de Europa según el viento que toca, entiende el estadio como una casa adosada más de esas que estropean el país, con piscina incluida; el sueño hecho realidad de la caseta i l´hortet.
Una torre de marfil basada en la autosuficiencia... y en el miedo. El Camp Nou era abierto, como querría serlo aquella sociedad que pretendía salir de la noche oscura; el proyecto actual es cerrado en sí mismo, excluyente. Las aristas y los ángulos rectos se han trocado en una curva sin fin, que separa a los de dentro de los de fuera. Dos mundos distintos, quién sabe si enfrentados.
Sin los atentados del 11-S y el 11-M, el proyecto de Foster, una verdadera muralla defensiva, sería incomprensible. La solidaridad entre los humanos ya sólo se establece al reclamo de los espectáculos, las citas deportivas, los conciertos... Éstas son las comunidades que están sustituyendo a la sociedad, a las naciones, a las ciudades. El Camp Nou ya no es ciudadano, quizás el Barça tampoco lo sea ya, ni falta que hace. El trencadís gaudiniano es un maquillaje, un guiño a los principales consumidores del nuevo icono: los guiris, los televidentes, los ajenos al rito. Un elemento más de la conversión de la ciudad en un parque temático en donde como souvenir igual sirve el sombrero mexicano, los dragones de Gaudí o el Camp Nou de Foster.
Todo siempre igual en Catalunya bajo una nueva mano de pintura. Al fin y al cabo Nietzche ya estableció que un concepto no es más que una metáfora perezosa. Como este futuro Nuevo Viejo Camp Nou del FC Barcelona, de la ciudad que lleva, precisamente, el nombre de un equipo de fútbol.

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