LA TERRAZA

Hoy, según leo en The Irish Times, es el día del milagro, del partido del milagro, The Miracle Match. Hoy, a las cinco de la tarde, en el Parque de los Príncipes de París, se enfrentan Argentina e Irlanda. Si Irlanda no quiere despedirse de la Copa del Mundo debe forzosamente ganar a Argentina, obtener un punto de bonificación y evitar que los Pumas se hagan con él. El mundial de rugby causa furor en Francia: "C´est le sport national", titula, un tanto alegremente, el diario L´Équipe , el cual nos dice que después de haber estado largo tiempo confinado en el sudoeste del país, con sus códigos y clichés característicos -el llamado rugby-cassoulet-, el balón oval ha acabado por invadir todo el territorio nacional. Yo más bien diría que ha acabado por invadir todo el territorio televisivo nacional. Dieciséis millones y medio de franceses vieron en sus televisiones el partido Francia-Irlanda del pasado día 21. La televisión causa estragos, pero cuando finalice el campeonato, las teles se irán a otra parte y el rugby seguirá reinando en su viejo territorio nacional, aunque no descarto la posibilidad de que en algún pueblo de Alsacia o de Normandía pueda acabar cuajando ese deporte, fruto de la televisión. Los que deben de estar encantados con el Mundial de rugby son los cerveceros: se calcula que durante el campeonato se van a consumir en Francia 28 millones de litros de cerveza, dos millones menos de la que se vendió en Alemania durante el Mundial de fútbol del pasado año.

Esta tarde, a las cinco en punto -como antaño en los toros-, me voy a ver "el partido del milagro" con mi amigo y colega John William Wilkinson, que aunque es nacido en Australia es de origen y se siente irlandés. Y siguiendo el ritual acostumbrado, me tomaré tres whiskeys, tres Jameson, uno antes del partido y dos durante el transcurso del mismo, y brindaré con John por el triunfo de Irlanda (yo creo que el milagro es posible, al menos así lo deseo). Dicho esto, hoy quisiera hablarles del whiskey, y concretamente del Jameson, porque más de un lector me ha escrito preguntándome de dónde me viene esa afición por esta bebida y en especial por esta marca.

Descubrí el Jameson hace un montón de años, en un viaje que hice por Irlanda. Recuerdo que el primer Jameson me lo tomé, me lo ofrecieron en la destilería Midleton, en el condado de Cork. El Jameson se elabora a partir de una mezcla de cebada malteada y de agua cristalina y se destila tres veces -en vez de dos, como ocurre con el whisky escocés- en alambiques de cobre. Esa triple destilación hace que el sabor de Jameson sea más suave, de mayor pureza y más delicado, como me dijo la persona que me lo ofreció. Me gustó y seguí tomándolo siempre y cuando di con una botella, lo cual, al menos en Barcelona, no era fácil, pues su venta y sobre todo su presencia en las barras de los bares no se generalizó hasta hace unos años. En mi barrio, el Jameson llegó al Bauma -junto al Paddy y el Bushmills- hará cosa de unos doce años. Es probable que entonces ya estuviera en la barra del Green Park, el pub que hay en la esquina de Rosselló con Bailèn, pero yo no lo frecuenté hasta más tarde. Hoy el Jameson ya está en la barra de Can Pere -donde el dueño, mi amigo Pepe Morata, lo trajo porque sabía que me gustaba-, y está en el Moe´s y en el Oller y en Can Pep, uno de mis restaurantes favoritos, en Roger de Flor, entre Rosselló y Còrsega. De las terrazas del barrio que suelo frecuentar, sólo el Morrysson y el Gredos todavía lo desconocen. En cuanto a comprar una botella, no tengo ningún problema: lo venden en el Opencor, al lado de casa. Y por lo que hace al precio, varía de los cuatro euros que me cobran en el Michael Collins -el pub de la Sagrada Família donde voy a ver los partidos de rugby- a los ocho euros con cuarenta céntimos que me cobran en la terraza del Sandor.

El Jameson nació en 1780, cuando John Jameson abrió su destilería en Bown Street, en Dublín. En 1966, Jameson se une con John Power e hijos y Cork Distilleries Co. para formar The Irish Distilleries Group, y en 1975 se construye la destilería de Midleton, en Cork. En 1988, Irish Distilleries Group pasa a formar parte de Pernod Ricard, y ahí sigue. El Jameson que yo me tomo tiene un aroma suave y fragante, con notas de madera tostada y jerez y en su sabor, suave, se aprecian la vainilla, la madera de roble y la miel, complementados por especias, caramelo y nueces.

El Jameson es la bebida ideal para acompañar ciertas lecturas, empezando, claro está, por el Ulises de Joyce, donde dicha marca aparece en más de una ocasión. James Joyce estaba muy orgulloso de compartir sus iniciales -J. J.- con las de su whiskey favorito, y llevaba el logotipo de Jameson en su cartera. Pero hay otras lecturas a las que también les va muy bien el Jameson, como al último libro de mi primo Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo (Anagrama); o al último libro de Patrick Modiano, Dans le café de la jeunesse perdue (Gallimard); o Certituds immediates (Empúries), la, al parecer, última obra póstuma de Miquel Bauçà, lecturas que les recomiendo muy encarecidamente, con o sin Jameson.

Desde que empecé a escribir mis crónicas, primero en el diario El País y ahora en La Vanguardia, las escribo con Jameson. Lo tomo con moderación, claro está, pero no menos de un par de copitas, a palo seco. Y he comprobado que me suaviza enormemente la escritura, que me hace más tolerante, más sociable, todo lo contrario de cuando escribía mis rumbas en el desaparecido Tele/ eXprés, donde solía bailarlas acompañado de una botella de ron Saint James, ese ron de la Martinica con el que suele emborracharse el almirantazgo británico.

Alguno de los lectores que me han escrito interesándose por mi bebida irlandesa me ha preguntado si la mencionaba para seguir recibiendo gratuitamente cajas de Jameson. No señor, jamás he recibido de parte de la casa Ricard ni una sola botella de Jameson. El gabinete de prensa de Jameson está en Madrid y puedo asegurarles que en todos estos años no se han enterado de que un tipo como yo consumía y hablaba elogiosamente de su whiskey. Porque, de ser así, estoy convencido de que en sus boletines de prensa hubiesen añadido mi nombre al de los innumerables incondicionales del Jameson, entre los cuales leo los nombres de Sofia Coppola, Oliver Stone, Colin Farell y Pierce Brosnan. Si menciono el Jameson es porque forma parte de mi oficio, de mi vida de cronista, de hombre de las terrazas, como los habanos, los libros, los discos, las pelis, los restaurantes..., sin olvidar a mi amigo Carlitos, el hipopótamo enano de nuestro zoológico, y los perros de mi barrio. Ya mi gato Maurizio.

Si en los polars de Manchette se describen con todo tipo de detalles los revólveres, ¿por qué no voy a hacer yo lo mismo con las inocentes armas de mis artículos?

Ayer, sábado, mientras escribía estas líneas, cayó un chaparrón en el paseo. Llegó el otoño y a mí el otoño, en vez de resultarme melancólico, me pone alegre. Y más ahora que La Vanguardia va a cambiar de plumaje: nuevas páginas, mucho colorín y, encima, me van a sacar en una foto. Total, que he decidido no hablar más de las bicicletas, ni de las motos, ni de las ratas, y dedicarme más a las cosas agradables. Comoa los recitales de mis amigos. Ramon, Ramoncito Riera actuó la pasada semana en el Pellicer Center (lo que antes era el Cadaqués Center, y que sigue igual de acogedor) y cosechó un gran éxito. Recitó La casada infiel, de Lorca, a golpes de cerveza, lo cual no es nada fácil. Ramoncito me pasó una copia de los versos que ha hecho para la inauguración del bar Velòdrom -cuya reapertura, al parecer, se demora- y que han de figurar en el libro que Lluís Permanyer ha escrito contando la historia del famoso local de la calle Muntaner, hoy propiedad de la casa Moritz. "En arribar la nit, / s´omplen els gots cilíndrics / amb germanor i amistat./ Les portes obertes / amb panys de futur / cerquen nous records", escribe el poeta Ramon Riera i Calvet.

Me perdí el recital de Anna Cristina Werring que el pasado miércoles cantó canciones de Barbara -las canta de maravilla- en la Fundación Mies van der Rohe. El recital era a las ocho y media y yo a esta hora estaba en la radio. Qué manía tienen con empezar los recitales tan pronto. En el TNC parece que empiezan las funciones a las ocho. ¿Dónde piensan que vivimos, en Londres? Esta noche, terminado el partido, iré al Pastis, a escuchar a Philippe Bot: "Dans le petit bois de Trousse chemise / Quand le mer est grise et qu´on l´est un peu...".