Lo legítimo y lo fáctico, de Federico Jiménez Losantos en El Mundo
EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 33
El pasado lunes 24 de septiembre tuve que presentar el libro de Luis Herrero Los que le llamábamos Adolfo, tras la deserción de cuatro de los cinco amigos íntimos de Suárez -pero más de la Zarzuela- que debían oficiar el acto. Y tuve la vívida sensación de chapotear en el túnel del tiempo.
Me vi de nuevo en las vísperas de la Transición, cuando los espacios de libertad los tomábamos los antifranquistas por nuestra cuenta y riesgo, mucho más riesgo que cuenta, asumiendo que si llegaban los grises y nos apaleaban, o los de la Brigada Político-Social y nos mandaban a la cárcel, o los del TOP y nos condenaban o los de la Brigada de Delación Televisiva y nos sacaban en los telediarios, nuestra sería la pena y, algún día, la gloria.
Pero en una dictadura las cosas están claras, las reglas son brutales pero nítidas, no hay más ley que la fuerza y la fuerza, cuando de política se trata, es ley. Lo peor de lo que Umbral llamaba «la Santa Transición» fue cuando Franco se murió y la democracia no vino. Y entre Arias y Suárez, juntar y platajuntar, pasaron casi dos años de huir y de arrimarse, de flaquezas y enterezas, de libertad para quitarse de en medio. Y lo peor era la deserción nuestra de cada día, la marcha atrás o el tirarse en marcha.
Abundaban los que, tras dar su palabra de secundar una movilización o firmar un manifiesto se rendían a lo fáctico, a los hechos consumados, al peligro de lo inhóspito real, que no eran los grises sino la hipoteca, el cargo público, la familia y esa vocación de sobrevivir en la cueva del engaño que anida en nuestro cerebro reptiliano y nos habita desde Atapuerca.
Y en el Palace, aquel Palacio de Invierno que no llegaron a tomar los golpistas el 23-F, entendí de pronto la gloria de Adolfo Suárez: haber creído, orgulloso, que España era una nación capaz de fundar una legitimidad política por encima de los difusos e implacables poderes fácticos que nos ataban con hilos invisibles a la capitulación silenciosa, al salario del miedo. Y también entendí su pena. Suárez cayó porque se creyó presidente del Gobierno de España, y eso, para los amigos de los hechos consumados, azules o rojos, socialistas o nacionalistas, civiles o militares era intolerable. Armada era el bigote de lo fáctico sobre la cara de plata de lo legítimo.
Y hoy, 30 años después de la celebración de las primeras elecciones libres, el Elefante Blanco se pasea disfrazado de Copito de Nieve por Barcelona, por Sevilla, por Bilbao y, naturalmente, por Madrid.
Desde los atentados del 11-M, vivimos la apoteosis de lo fáctico y el descrédito de lo legítimo. Debemos fingir que no sabemos que han asesinado a 200 personas para echar al Gobierno, como los armadas a Suárez, y el primero que ha de fingirlo es el Partido Popular. Lo fáctico sólo acepta la alternancia democrática como recompensa a la omertá. La política de la Moncloa, avalada por la Zarzuela, es la de los hechos consumados, vulgo lentejas. Lo fáctico es un algodón que nos llena la boca.
Quizá por eso Suárez no recuerda quién fue. España tampoco se acuerda de lo que quiso ser.
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