CUADERNO DE MADRID
Os lleváis la pasta del presupuesto, habéis enviado el equilibrio territorial a tomar viento, y encima quemáis fotos del Rey. Sois la hostia los catalanes. Empiezo a creer que sois vosotros, y no los vascos, el verdadero problema de España", dice él, sonriente, bien planchado, corbata radiante, el pelo esbozando una caracola allá atrás, sobre la camisa; con la mirada robusta de los que mandan, o están muy cerca de los que mandan. "Os lleváis la pasta...", dice a media voz, pero la hormona se expande y toda la clientela del restaurante está a punto de estallar en una gran ovación. Como si José Tomás torease en Claudio Coello, esa estrecha y elegante calle del barrio de Salamanca en la que siempre imaginarás el coche del almirante Carrero Blanco volando por los aires; en blanco y negro, una mañana fría de noviembre.
Porque hay un empaque madrileño. Una agresividad explícita y frontal. Una forma masculina de concebir el ataque: primero, tomar el territorio; después, fijar los términos de la discusión, y luego, apretar y apretar. Es una manera brava y teatral de ir por la vida que suele impresionar mucho a los catalanes recién llegados a Madrid, porque confirma el tópico de la agresividad española, y desconcierta y abruma a una psicología poco acostumbrada al choque del carnero. El catalán en esto, y en algunas otras cosas, es algo italiano: punzante y diagonal. Fantasioso. Orgulloso y sublimador de la violencia. De ello, su terca pugnacidad. Por ello constituye el verdadero problema de España y no esos simpáticos jugadores de mus que, allá en el norte, viven estupendamente bien gracias a un privilegio del siglo XIX. Ahora que se habla tanto de la verdad, hay algunas cosas ciertas que los catalanes deberíamos empezar a decir, con claridad y sin temor. Evidentemente, con el riesgo de que los simpáticos jugadores de mus de allá arriba, gente de carácter bastante fuerte, se lo tomen mal.
No hay que tener miedo al choque frontal. Toda agresividad basada en la exageración tiene en la hipérbole su punto débil. Al madrileño hay que entrarle de cara; con precaución, pero de cara.
"Sabes lo que te digo - estamos de nuevo en el restaurante de Claudio Coello-, te digo que nunca acabaréis de entender a los catalanes, porque Catalunya es la sociedad más democrática de España, de España entendida como un sistema de intereses. Tal y como lo oyes. En Catalunya mandan las clases medias. Todo el mundo tiene algo que decir, o vive en la fantasía de que tiene algo que decir. En Catalunya hay consorcios, corporaciones, mutuas, cordadas, redes, logias, alianzas y grandes centros de poder sin un único propietario: la Caixa y el Barça, por ejemplo. No hay una oligarquía tangible, aunque muchos la sueñan. En Madrid, por el contrario, sois absolutamente verticales. Cada mañana todas las cosas importantes se deciden en doce o quince despachos. La lucha es entre esos despachos. La gente de abajo calla y obedece, y, de vez en cuando, estalla. De ahí los famosos motines de Madrid".
Él, robusto y con rizos de caracol, calla. Porque el madrileño inteligente, cuando se ve sorprendido de frente, reorganiza rápidamente las defensas. Escucha y cavila la respuesta. Y contraataca. Vaya que si contraataca.
"Si es así, entonces por qué no defendéis al Rey. Sois raros. Quemáis sus fotos, mientras la Cope pide que abdique. Sólo con la monarquía, con una jefatura del Estado no politizada, es posible esa España medio confederal con la que soñáis todos los catalanistas. Te aseguro que si un día vuelve la República, algunas bromas se van a acabar".
En Madrid también hay que saber retirarse cuando te han quebrado el flanco. Conviene proteger el orgullo. Habría sido humillante tener que reconocer que en Catalunya, de manera recurrente, ARCHIVO la ensoñación y la comodidad se imponen al coraje; que la pequeña maniobra lo devora todo; que no hay programa real para la independencia, que eso es una farsa, y que lo que de verdad da forma a la política catalana es una espesa lucha de posiciones, que comenzó inmediatamente después de los Juegos Olímpicos y aún no está resuelta. Una lucha neurótica que ha absorbido grandísimas energías, mientras España despegaba.
De manera que acabamos hablando de la espectacular reforma del Camp Nou. De cómo la sociedad más democrática del sistema España,cansada de su propia horizontalidad, acepta nuevas y contundentes monumentalidades; nuevas verticalidades. He ahí ese estadio posmaterial y religioso. Ese cesarismo lumínico que Joan Laporta ha contratado a Norman Foster. Esa irónica declaración de intenciones, puesto que en Barcelona toda forma de poder que dependa de la electricidad siempre estará condenada a la fragilidad. Al parpadeo.

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