En el mundo desarrollado, la izquierda parece caminar (según la ironía de Casaldàliga) "de derrota en derrota hasta la victoria final". Temo que la crisis ni es de ahora ni comenzó en 1989: surge porque las izquierdas, tácitamente, persiguieron casi siempre los mismos objetivos de la derecha, aunque buscando no pagar sus precios. Deseaban el mismo tipo de progreso, pero sin sembrar de víctimas las cunetas de la historia (o disminuyendo su número). Eso se ha ido revelando como ineficaz; y hoy estalla un viejo pecado original.

Las "células neoplásicas derechistas" estaban ya en el propio Marx que, en el fondo, perseguía el ideal capitalista, aunque creyó que había una ley científica que garantizaba poder conseguirlo de otro modo. A ese ideal pertenece la frase del programa de Gotha ( "manarán los torrentes de la riqueza"...), o esa descripción del paraíso comunista como "cazar por la mañana y pescar por la tarde" (¿gauche divine o burguesía de Marbella?). O su incomprensible aplauso a la ocupación de medio México por Estados Unidos, porque éstos "significaban el progreso y los mexicanos sólo la pereza". Tal noción de progreso, y el aplauso a esos procedimientos, habían de llevar - tarde o temprano- al atolladero actual: a constatar que izquierda y derecha persiguen lo mismo: enriquecerse. Unos con más matices y paños calientes; otros más a lo bestia y con un discurso de valor a lo Sarkozy contra "esos vagos que no quieren trabajar y amenazan la seguridad de los franceses".

Al caer la amenaza comunista y revelar el capitalismo su verdadero rostro, pareció abrirse para la izquierda el camino de la socialdemocracia: pero aplicado sólo al propio país, y actuando hacia fuera con criterios del capitalismo más duro. Este camino ha sido destrozado por la globalización. Marx acertó al decir que era imposible la revolución "en un solo país".

Muchos ven hoy otra oportunidad para la izquierda en el cáncer de la tierra: en la amenaza ecológica que nuestra voracidad va convirtiendo en realidad. Pero este mal no tiene otra solución que la que antaño demandaba la justicia social: bajar del nivel en que vivimos, empobrecerse. Antaño para no vivir a costa de los demás, hoy para no vivir a costa del medio ambiente. Y a eso no están dispuestas las izquierdas: pues nuestro sistema ha vinculado al mucho dinero prestaciones tan importantes como felicidad, autoestima, fama o seguridad. Ello vuelve invencible la codicia y hace imposible la solución (y hasta el educar para ella, si esa educación está en manos de medios que viven del dinero: MCS y algunas escuelas privadas).

El empeño por juntar eficacia económica y justicia social se revela una unión contra natura: pues nuestro sistema fundamenta su innegable eficacia en la codicia, la explotación y el desprecio de toda consideración que no sea "económica" (igual a lucrativa). Las izquierdas no supieron o no quisieron verlo, quizá por miedo a una constante derrota electoral: la busca del poder pasó por delante de la autenticidad. Se recurrió entonces a travestismos izquierdosos: anticlericalismo, pseudonacionalismos o lo que suelo llamar "izquierdas de cintura para abajo", y hasta cierta beneficencia estatal cuando las arcas están llenas. Pero no sirven porque tampoco son ajenos a la derecha. Sólo una cosa distingue hoy realmente a las izquierdas de la derecha: el afán de ser tolerantes y plurales (basta comparar los medios de comunicación públicos, en la presente legislatura y en las de Aznar). Pero eso también peligra: la sociedad consumista tiende a ser intolerante porque engendra ciudadanos con miedo, que sólo creen en una libertad privada, sin igualdad ni fraternidad.

En nombre del progreso y la seguridad, ¿camina hoy la humanidad hacia una nueva forma de fascismo mundial? Los vuelos secretos de la CIA autorizados por la OTAN y Europa, o la cárcel de Guantánamo, son indicios alarmantes. Llegaremos allí tras unas democracias "a la americana" donde sólo cabe elegir entre derecha y extrema derecha. Ese fascismo mundial durará siglos, como duraron esclavitud y feudalismo. En esos siglos comenzarán a recordarse unos breves años en que la humanidad había vivido con formas bastante democráticas. Cuando caiga ese fascismo mundial, no sabemos si el género humano estará preparado para crear una nueva democracia que haya aprendido las lecciones del fracaso de la primera: que democracia y enriquecimiento sin límites son absolutamente incompatibles.

No afirmo que no hay esperanza, sino que la única esperanza está en la ética; y en la ética político-social. Marx anatematizó como idiotas a los llamados socialistas utópicos (o religiosos): tendrían sus dosis juveniles de ingenuidad, que también tuvo don Carlos cuando creía en los milagros del materialismo dialéctico. Pero con ellos, las izquierdas habrían aprendido que el capitalismo es un sistema que reclama ética sólo para funcionar hacia dentro, mientras se asienta sobre la falta total de ética hacia fuera.

Como nada es absolutamente malo, esa desnaturalización de la izquierda ha supuesto algo bueno para España: evidenciar el incivismo e intolerancia de nuestra derecha, que viene de tiempo inmemorial. Poner de relieve que "aunque la derecha se vista de centro, sigue en el extremo", si vale la parodia del viejo refrán. Pero, en realidad, ser de izquierdas es querer ser pobre, vivir sobriamente sin un solo lujo inútil.

Ignacio Ellacuría habló de una "civilización de la pobreza": si con más suavidad hablamos de civilización de la sobriedad compartida, ésta es hoy indispensable para que el progreso sea cosa de todos y no de un 20% de la humanidad (pues entonces deja de ser progreso, para convertirse en expolio o huida hacia delante). Ahí estamos, por muchos deslumbrantes hallazgos tecnológicos que nos vayamos encontrando en esa huida. Con lo cual resulta que verdaderamente de izquierdas sólo son los curas de Entrevías, Evo Morales y algunas monjas y monjes trapenses o cartujos... (que, encima, igual votan a la derecha).

JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS, responsable de teología de Cristianisme y Justícia.