AQUI NO HAY PLAYA

Desde que los hermanos Lumière consiguieron que todos los espectadores de una sala salieran corriendo ante la llegada de un tren de celuloide, nuestras vidas se han convertido en películas. Recordamos nuestro primer beso, el primer pitillo, el último paseo en barca como si fueran escenas de nuestras películas favoritas. ¿Quién no se ha imaginado besando entre la niebla de Casablanca a ese compañero de instituto o a esa novia de la primera Nochevieja? Fuimos personajes de las películas de nuestra infancia mucho antes de protagonizar el vídeo familiar de la Primera Comunión. Y mucho antes de que George Orwell escribiera 1984 ya sabíamos que Dios era en realidad el Gran Hermano que coleccionaba las cintas de vídeo de nuestras vidas para visionarlas una y otra vez en un juicio final que sería en directo y con telespectadores. Puede que incluso al público se le permita votar la salvación o no de nuestras almas.

El éxito de los reality shows viene de esta sensación que a algunos nos inculcaron en los colegios de monjas, y a otros en las salas de cine, de que nuestra vida era filmada y juzgada por un Ser Superior, o al menos dotado de más cámaras que nosotros. Que nuestra vida sea filmada significa también que le importa a alguien, que va a permanecer de algún modo aunque sea en formato digital. A partir de ahora en Madrid quizá no haya intimidad pero todos podemos ser protagonistas de la película de nuestras vidas, porque todos podemos y vamos a ser filmados por las cámaras que de Montera a Callao y por todas las calles del centro de la capital buscan prostitutas y delincuentes y filman mayormente a ciudadanos normales, protagonistas por fin de la película de su vida.

El problema de que tu vida sea una película es conocer quién es el director y el guionista. No sabemos si el guionista a partir de ahora es el alcalde ni si todo Madrid es un reality show, una realidad filmada que hace las delicias de la audiencia de otro planeta. Después de preguntarnos para qué creó Dios al hombre, al final puede que la respuesta sea muy simple: para entretenerle. El aburrimiento de los dioses es infinito y si como dice Feuerbach Dios es el hombre, todos podemos ser al fin el Gran Hermano que ve la vida de los otros como si fuésemos policías vigilando las cámaras del centro de Madrid.

Sin embargo, ¿para qué sirve un ojo que no ve? y las cámaras son ojos ciegos si no hay al otro lado alguien que las vigile y ¿quién tiene tiempo para controlar las veinticuatro horas de la vida de una ciudad? ¿Alguien filma a su vez al vigilante? ¿Quién será el guardián de su Hermano? ¿Quién será al final el Gran Hermano de Madrid?

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