Barcelona sin proyecto, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia
La ciudad de Barcelona rebosa de proyectos. Disfruta de un enorme prestigio y de unos envidiables proyección y prestigio internacionales.
Tiene pues proyectos y proyección, pero no Proyecto. Puede aducirse, en descargo, que ya ha conseguido lo que se proponía, que los horizontes, el diseño de ciudad y sus modos de vida, soñados y perfilados dos o tres décadas atrás son en buena parte una realidad. Aunque lo admitiéramos, nos quedaríamos en las mismas, no hay nueva meta. Una meta no es un lugar concreto al que llegar, porque no hay punto de llegada con cinta y cronómetro, y menos de parada y reposo, sino un conjunto de objetivos colectivos hacia los cuales encaminarse.
Barcelona se parece, por arriba, a una amalgama desestructurada de gestors i gestorets que se limitan a fer la viu-viu.
En eso nos hemos convertido. Vivimos en una ciudad que funciona bastante bien, que es incluso en no pocos aspectos modelo o pionera, o que por lo menos es reconocida como tal en los ambientes que se tienen por adelantados y a la última. Pero ese prestigio internacional no debe actuar como venda ante los ojos que impida vernos en un espejo cercano y realista. Barcelona no se propone nuevos retos. Vivimos de lo conseguido. El alcalde Jordi Hereu y su equipo parecen la mar de contentos con el papel que se han autoasignado de gerentes. A Joan Clos ya le costaba transmitir entusiasmo, aunque por lo menos lo intentaba. Hereu, ni se preocupa por eso que tanto legítimo orgullo despertó en los barceloneses: una personalidad diferenciada, un sentido intransferible de ciudad, de pertenencia a un espacio y un colectivo humano con valores de democracia avanzada y ambición pionera.
Pudiera ser que este sentido de pertenencia estuviera alimentado de manera artificial, por oposición de la Barcelona que se adjudicaba patente de cosmopolita frente a una Catalunya nacionalista y por eso tildada de provinciana (como si nacionalismo y cosmopolitismo estuvieran reñidos, como si uno no pudiera estar en el meollo de la modernidad barcelonesa y participar al mismo tiempo de las reivindicaciones del catalanismo). Los responsables municipales y los socialistas en general utilizaron este sello de distinción barcelonés con la finalidad de erosionar el poder del otro lado de la plaza Sant Jaume. Como ya tienen lo que pretendían, pues se tira el instrumento a la papelera y a otra cosa, o sea perdurar tanto como sea posible en el uso y disfrute del poder.
En especial, el PSC se ha convertido en un partido conservador, clientelista, tranquilizante y resultón. Pero el sentimiento colectivo al que me refiero existía con independencia de quienes lo manipulaban. Sigue existiendo, pero pronto desaparecerá si no hay proyecto, reto, horizonte de ciudad. Por mi parte, y con toda modestia, me gustaría que nos propusiéramos convertirla en capital de la innovación y la excelencia. Habría tela para rato, motivo de evaluación y autoanálisis, de exigencia no complaciente.
En el imprescindible manual del político titulado Maquiavel en democràcia,que acaba de aparecer en catalán, el ex primer ministro francés Édouard Balladur se explaya con tanto acierto como cinismo sobre lo imprescindible que es para un líder o aspirante a tal poseer y propagar lo que denomina una "idea de futuro". Balladur concluye: "Es bueno hacerse pasar por un innovador fecundo e imaginativo, aún a costa de la verdad. No hay nada peor que aparecer como mediocre, banal o déjà vu".Si no por convicción, nuestros gestores deberían proponerse una reconversión y lanzar, ni que sea por oportunismo, un gran proyecto. Si es creíble, incluso eso sería mejor que la presente atonía. Si es pertinente, arrastrará.
En vez de proyecto, el equipo municipal de gobierno se complace en un vicio administrativo llamado "ordenancitis aguda", que aleja el latir ciudadano de quienes gestionan la vida y la vía pública. Al no tener otra cosa que hacer, se dedican a lo que les resulta fácil con un ahínco demoledor.
El equipo de gobierno de la capital catalana ha abdicado de la tradición que convertía el consistorio en el más eficaz de los líderes sociales. Catalunya ha volcado siempre sus mejores energías y personas en Barcelona, que a su vez ha devuelto el préstamo al país con muy notables intereses. En el tiempo presente, Catalunya ve Barcelona como un ente que le afecta cada vez menos. En parte, es la contrapartida de la extensión territorial de los servicios. Pero es también una pérdida del poder de seducción y atracción. Si eres un poco menos capital de tu propio entorno, acabarás perdiendo atractivo en círculos más alejados.
Nada más lejos de las intenciones de este artículo que pronosticar decadencias. Al contrario, son tantas las energías y tan excepcional el capital humano de Barcelona que por fuerza habrá reacción. Sólo cuando se den cuenta de que se les exige encabezar y encauzar la nueva procesión hacia el futuro, reaccionarán nuestras autoridades. So pena de verse descabalgados del poder por una ciudadanía que lo emprende por su cuenta.
