Los viejos del lugar, y los propietarios aún «supervivientes» de los comercios tradicionales de la buena ropa («pasen; no sean necios, comprueben calidad y vean precios», reclamaba don Secundino), andan estos días entonando la canción triste del verano tardío, después de haber sufrido, incluso las autoridades tituladas, un julio angustioso, y un mal agosto, «pestífero», en el que, por correr vientos y cerrar en nubes, se vendieron pocos géneros, y hasta cerró, para intenso dolor del que suscribe, la acreditada Casa Fernando, la casa reina del «quesu Cabrales», que en cierto sentido era el pendón, por vieja y sabrosa -tras el rey don Pelayo- de la plaza del Marqués.

En el Gijón de antaño una de las profesiones más humildes y peor pagadas -cuando, por ejemplo, el ser camarero del Colón, Maison Doré, Dindurra, el Exprés, El Príncipe o El Globo era signo de aristocracia proletaria, y permitía vivir en un cuarto piso abuhardillado sin ascensor, y con corte nocturno de agua corriente- fue la de mozo de cuerda o de carga, oficio, por desgracia, más propio de acémila que de individuo del humano género, cuyo punto de «atraque» estaba por la vetusta calle Sanz Crespo (don Nemesio), con «aliviadero» en la otrora muy acreditada, y hoy desaparecida, Casa Orejas, abierta en poco más que humilde tendejón, en Álvarez Garaya, donde, además del vino de «pellejo» -por porrones, botellas y medias-, se servían las famosas «angelitas», especie de «compuesta» obrera, a base de la mezcla de varios vinos, que, por supuesto, ni en la festividad de Todos los Santos remataba, como la compuesta burguesa del Doré remataba a diario, en guinda y ramita de hierbabuena. No obstante su falta de «remate», las «angelitas» fueron muy apreciadas por el Gijón «de regadío», que con respetuoso cariño recuerda el doctor Carlos Martínez en su cada vez más tierno y sabroso «Final del sendero».

Hubo mozos de cuerda que se hicieron famosos y gozaron de justas «popularidades», antes que la señora del pardo poder convirtiera «lo popular» en amargo jarabe para «héticos» agudos, que hasta a doña Alicia, la diputada popular del distrito Maravillas, repugna; fueron populares en aquel Gijón, entre mil, Angelón, Salvavidas, Dorino, el «Dante», el tío Sánchez, sin olvidar a Luciano, el famoso «Cascayu», cuya fuerza igualaba a su desmesurada afición al buen vino blanco de la Nava.

Luciano, los días de mucho trajín, refrescaba, antes de retirarse al patio de Tejedor, donde mal dormía, con, al menos, dos cántaras; los de descanso forzado por falta de mandados se conformaban con la media botella, «a cuenta», que iban desgranando con viciosa unción sobre el tonel que le hacia de mesa, como la beata desgranaba en las Agustinas las «avemarías y kirieleisones» de su rosario vespertino.

«Orejas» tan sólo es hoy un recuerdo, un fantasma que «pulula» por la lujosa y dulce acera de Quintanilla, Roberto, Santa Teresa y El Candado. Los de la cuerda, a Dios gracias, y al progreso, son leyenda urbana de la vieja villa...

Desaparecida aquella humilde profesión, de mozo de «cuerda» y carga, en las fiestas populares de prau, fueran de aldea o barrio, y hasta creo recordar que también en las colegiales de la Inmaculada Concepción -en cuyos salones Luis Carbonell, el caballero «con capa» a la española, animaba, hace fechas, a patear «pro regno Dei», el cerebro de los cada vez más confundidos padres de familia cristiana, a los que, entre la «capa» seglar y la seda del alto clero terminarán pronto volviendo lunáticos-, quedó como diversión de feria y fiesta, aunque también tiene su antecedente olímpico, su federación mundial y hasta su reglamento estricto, la riente algarada o deporte popular del tiro de cuerda..., que, por cierto, no figura en el catálogo o repertorio de Juegos Infantiles Asturianos, recogidos de la tradición popular, que el consejero de Cultura y Deportes de la preautonomía, el inolvidable doctor Corte Zapico, ordenó publicar en 1980, mucho antes de que sus herederos en el cargo pusieran de moda en estas recién pasadas fiestas mateínas el noble deporte del tiro de cuerda, en cuya exhibición, además de destacados elementos de la Consejería de Cultura y Deporte, han participado con gran entusiasmo y brío Gregorio Morán, con tres sabatinas consecutivas, 15, 22 y 29, en «La Vanguardia»; doña Alicia Castro, con su sonada renuncia al «escaño» familiar; y don Rodrigo Rato, con su anuncio, «tirad del tirez», decía el aldeano, de la crisis universal que viene...

Pasado el tiempo, como «cartel» del magno «desencuentro» del tiro de cuerda astur, quedará la divertida, y más que oportuna, fotografía del sagaz artista local don Isaac Rubio, en la que recoge el instante en que el equipo oficial de tiro de cuerda de la Consejería de Cultura, sección «LaBoral», formado por Carl Goodman, del Museum of the Moving Image, de Nueva York; Gerfried Stocker, del Ars Electronica Center, de Linz; Rosina Baeza Tinturé, directora de Laboral, Centro de Arte y Creación Industrial; y Eric Berger, comisario jefe del conjunto, era arrastrado hasta el centro del escenario de «la actualidad asturiana» por el tirón del que quería ser «equipo alternativo», que con la fuerza hercúlea de Daniel Granda tiraba y tiraba, aunque sin aparecer en la imagen, desde el otro extremo de la «soga».

Insólita imagen del día de San Mateo, cuando para «grandes y pequeñinos» en Oviedo se repartía el bollo y en la «LaBoral» se inauguraba la segunda muestra de «Playware», avance que ofrece a este semicateto pueblo de Gijón, y a toda la semicatetada astur, el laboratorio experimental del Centro de Arte y Creación Industrial.

Con su «inesperado» tirón de soga, el nonato y «profético» gestor, eléctrico, cultural, engreído, fanfarrón y deportivo, ha colocado bajo todas las miradas y focos críticos de «la actualidad asturiana» el gran proyecto cultural que habría de conjugar, declinando, «rosa, rosae, rosae» con «arte, tecnología y sociedad», lo mejor de la vanguardia mundial.

El antiguo Orfanato Minero, ahora rebautizado como centro cultural LaBoral, aunque, a mi corto entender, más justo sería que luciera el de «LaBoreal», («Luces del Norte»), porque de aquellas vetustas piedras y novedosas y recoloridas porcelanosas, patios, teatro, capilla y talleres creativos, dispuesto estuvo que iluminara Asturias toda, «la aurora boreal» que habría de convertir nuestra hermosa tierra en privilegiado faro y lazarillo de otros pueblos y comunidades, aún sumidos en la ignara tiniebla.

Luz y taquígrafos; transparencias financieras y programación para todos. Quizás haya sido éste el gran servicio que el «profeta», desde su bíblico pozo de los leones, haya prestado a nuestra Asturias, de cuya «gozosa decadencia», «tira» don Gregorio Morán con su muy interesante triduo sabático...

Luz, renovación personal y nuevo talante. Quizá sea éste el resultado pretendido por el inesperado «tirón político» que ha dado a la debilitada cuerda «popular» doña Alicia, la diputada por el País de las Maravillas, que ha dejado en evidencia, tanto al reiteradamente derrotado pardo poder gijonés, como al optimista «cuadro» de constantes perdedores, que los populares asturianos han decidido colgar permanente, para purgatorio de su militancia, en su sede regional....

Y por si el mundo económico estuviera «quieto», que no para de moverse a la baja mientras suben las temperaturas de la Duro, La Camocha y La Naval, don Rodrigo Rato ha tirado, en Madrid a fondo, de la cuerda del Fondo Mundial, dejando al descubierto el negro patio de los feroces leones financieros...

El próximo 19 de octubre se inaugura, al parecer, el renovado teatro de «La Boreal», con un extraordinario concierto de campanas... ¿Para, o por quién, sonarán ese viernes?...

Sin duda doblarán por las carreras y las ilusiones de más de uno/a de los que aquella tarde las estén escuchando...

Que Dios bendiga cada rincón de la Casa.