Las secuencias de miles de monjes desafiando al poder militar en Birmania son agradecidas y repetitivamente retransmitidas por las televisiones globales. Contienen colorido, protestas de jóvenes budistas cubiertos con túnicas contra una dictadura que se arrastra desde 1962.
Hay una causa inicial justa como el doblar el precio de la gasolina en un solo día a mitades de agosto, una oposición reprimida, carencia de lo más imprescindible para sobrevivir y unos deseos de cambio que ni siquiera la dureza de un régimen militar puede contener.
Son corrientes de fondo que circulan por el subsuelo de una sociedad que afloran y se desbordan cuando surge una causa que justifica la inundación. La novedad en la revuelta de Birmania es que no ha podido ser encerrada dentro de sus fronteras nacionales. Sospechamos lo que ocurre en Rangún por las imágenes que nos llegan por vías no oficiales. No hay corresponsales en la capital birmana. Las webs de los grandes diarios se nutren de los correos electrónicos y las imágenes de vídeo que envían ciudadanos anónimos que viven en el interior del país.
Es también la fuerza del poder blando, feliz expresión puesta en circulación por Joseh Nye, que otorga a la persuasión más importancia que al poder fuerte, refiriéndose a la política exterior militarista de la Administración Bush.
Los monjes budistas birmanos no arrojan piedras, ni llevan armas, ni amenazan a nadie. Salen de paseo, día sí y día también, para dejar constancia de que la junta militar de Rangún tiene que afrontar las reformas y abrir rendijas de libertad a un país que la conoció sólo 13 años desde su independencia de Gran Bretaña en 1948 hasta 1962.
El presidente Bush ha reforzado las sanciones económicas contra Birmania en medio de la concentración de líderes mundiales en las Naciones Unidas. La Unión Europea sigue la misma línea.
Forma parte del poder fuerte norteamericano que lo ejerce por la vía militar o por el endurecimiento de las sanciones económicas. Pero lo que preocupa a los militares birmanos es el poder blando de miles de monjes que salen a la calle y arrastran a miles de ciudadanos.
Es célebre el comentario de Stalin sobre el número de divisiones del Vaticano. Olas revoluciones de terciopelo en la antigua Checoslovaquia en vísperas de la caída del muro de Berlín. La caída del imperio soviético fue inevitable cuando Gorbachov se dio cuenta de que el poder fuerte de Rusia no podía evitar el cataclismo que se produjo. Bush experimenta la misma sensación en Iraq.

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