Arcimboldo, de José Jiménez en El Mundo
INFRALEVES
Es la sensación del inicio de la temporada en París: Arcimboldo, el pintor que fuera rescatado del olvido por los surrealistas, se presenta en una muestra magnífica en el Museo del Luxemburgo. Hasta el 13 de enero de 2008. Con alrededor de 100 obras: 40 cuadros, unos 30 objetos artísticos, unos 30 grabados y un hermoso tapiz, la exposición intenta recuperar la obra y el contexto de esta figura enigmática, conocida sobre todo por sus retratos alegóricos llenos de fuerza inventiva.
El nombre de Giuseppe Arcimboldo (1526-1593), nacido en Milán, aparece mencionado por primera vez como pintor en 1549, con ocasión de la realización de los cartones para las vidrieras de la catedral de su ciudad natal. Llamado a Viena en 1562 por Maximiliano, hijo del entonces emperador Fernando I, Arcimboldo permaneció 25 años al servicio de la Corte de los Habsburgo, volviendo a Milán en 1587, donde murió años después, cayendo en el olvido hasta el siglo XX.
Además de retratista oficial de la familia imperial, Arcimboldo diseña trajes, decorados y juegos acuáticos para las ceremonias de la Corte y es consejero artístico e ilustrador de las obras de destacados científicos del momento. Si la atribución a Arcimboldo de los retratos de figuración convencional resulta en la actualidad difícil, sus obras alegóricas -las cuatro estaciones, los cuatro elementos, los oficios, o los cuadros reversibles- resultan reconocibles. Situando en el núcleo de sus obras lo que la retórica clásica denominaba invención, Arcimboldo construye con partes alusivas un todo antropomórfico.
De este modo, la naturaleza se humaniza, y los seres humanos se ven como agregados de elementos florales, animales o como suma de los materiales de su oficio: la figura hecha con libros del bibliotecario o con legajos en el caso del jurista. Los tres retratos reversibles que podemos ver en la muestra permiten apreciar bodegones con viandas o frutas que, dándoles la vuelta, constituyen un rostro. Para comprender mejor el sentido estético de su trabajo, es importante situarlo, como permite la exposición, en el contexto de las llamadas, en la época, cámaras artísticas, que unían obras de arte con objetos y curiosidades de todo tipo. Es el periodo en el que la categoría de lo grotesco compite con la de lo bello, como eje del gusto y la sensibilidad.
La exposición permite apreciar la filiación manierista de Arcimboldo, su vínculo con el interés por la representación naturalista y la caricatura de Leonardo da Vinci, con quien igualmente comparte su fuerza inventiva y erudición. En todo caso, la obra de Arcimboldo impresiona: divierte y sorprende, dejando un sedimento de interrogación no resuelta, un trasfondo enigmático. Hay en ello un juego que viene de los usos de la retórica: su fantástica capacidad para dar forma mediante superposiciones, partes que en sí mismas tienen una forma, pero que dan como resultado otra al integrarse en una figura. Pero ante todas esas figuras es inevitable experimentar el carácter fluido, metamórfico, de la experiencia, de la vida, el inaprehensible carácter temporal, la fugacidad de las cosas. Nos descomponemos, nos unimos. Así vivimos, así morimos.
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