Perdonen: aquí, un radical

Ahora se llama «radical» a todo lo que tiene aspecto de desaforado, burro e intolerante, a nada que parezca relacionado con en el gremio de la política.

Si unos cuantos queman en Girona fotos de los reyes, no tarda nada en aparecer alguna autoridad que nos hace saber que ha sido cosa de «radicales». Si otros incendian un autobús o un cajero automático en Euskadi, rápidamente nos los identifican como «radicales». Si se intenta catalogar a los islamistas dispuestos a cargarse a cualquier viandante de Occidente para distinguirlos de sus correligionarios pacíficos, se les llama «radicales» y ya está.

El asunto me repatea por dos motivos.

Primero, porque «radical», en rigor, es aquel que apunta a la raíz de las cosas, sin irse por las ramas. El Diccionario de la Academia define así el término, en tanto que sustantivo: «Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

Segundo, porque se habla de lo radical como lo opuesto a lo apacible, lo moderado y lo tolerante. Sin embargo, muchos de quienes son tenidos por moderados no tienen nada de estupendos. Por poner un ejemplo: nadie calificaría al rey de Marruecos de «radical»; sin embargo, vaya pieza. Otro ejemplo: ¿son «radicales» las Fuerzas Armadas de EEUU destacadas en Irak? No he oído a nadie que las tilde de tales. Pero ¿no sería un pelín excesivo presentarlas como tolerantes?

Al final, y aunque lo hagan sin pretenderlo, cuando hablan de «radical» parten del sobreentendido de que un radical es, por fuerza, alguien que se expresa desde fuera del sistema constituido, sin respetar las componendas pactadas por la gente de orden.

Pues bien: si de eso se trata, me declaro radical. Aspiro a ir a la raíz de lo que nos pasa. Y estoy dispuesto a defender «reformas extremas, especialmente en sentido democrático.»

Coda

El texto anterior es el de la columna con la que he inaugurado hoy mi sección diaria en Público, el periódico que acaba de llegar a los quioscos. La sección se llama El dedo en la llaga. A partir de ahora, lo más corriente será que este Apunte cotidiano se componga de mi diario Dedo en la llaga, al que añadiré alguna coda de complemento, como ésta.

Aprovecho la primera para contar que ayer fue la fiesta de inauguración del diario. La cosa se celebró en un sitio llamado Telefónica Arena, que es un pabellón enorme situado en la Casa de Campo, en Madrid. Muchísima gente, muchísimas copas –da testimonio de ello el dolor de cabeza que me habita en estos momentos–, discursos estupendamente breves y, como colofón, un tan largo como inesperado concierto de Bryan Ferry, el líder de Roxy Music. Yo no tenía ni idea de que lo habían contratado para la ocasión, y me quedé pasmado, porque me gusta, y porque además More Than This –que la interpretó– es una de mis canciones favoritas. Llevaba un grupo excelente y el sonido fue llamativamente limpio (sospeché que estaba siendo grabado para convertirlo pronto en DVD). Hizo un muy bello homenaje a la versión de Jimmy Hendrix del All Along The Watchtower de Bob Dylan, interpretó algunas piezas más de Dylan, otra de John Lennon y las clásicas suyas. Lo peor que tuvo fue que yo tenía previsto largarme pronto, porque hoy me espera un día del carajo, pero tuve que quedarme, porque uno no ve todos los días a Bryan Ferry, con lo cual hoy voy a estar fundido hasta la hora de irme a la cama.

Todavía no he tenido tiempo de leer con calma el nuevo periódico. He comprobado ya, eso sí, que he de prepararme para lo que siempre me ocurre en todos los periódicos: que me corrijan lo que no deben corregirme. Me pidieron que escribiera una Carta al Director (Carta del Lector, en este caso) porque, tratándose del primer número, no las había reales, y les mandé una argumentando una de mis reivindicaciones clásicas: que se instauren servicios municipales de recogida gratuita de cadáveres. Me divirtió hacerlo, porque también escribí una carta en términos similares para el primer número de El Mundo. En la carta, escrita en tono de coña, metí numerosas bromas, entre ellas la de decir que mi misiva era una Carta al Director «com cal, que decimos en Euskadi». Como muchos de vosotros sabréis, com cal es una expresión catalana, equivalente al comme il faut francés o al como es debido castellano. Pues bien: se ve que quien editó mi texto no sabe catalán, creyó que era un lapsus calami mío y me corrigió. Con lo que ha salido… ¡«con cal»! Cuando lo vi me dije: «Lógico. Como la fiesta se celebra en el Telefónica Arena, han decidido que demos… una de cal y otra de arena.»