La Coctelera

Reggio

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26 Septiembre 2007

Más periódicos, más libertad, de Antonio Lucas en El Mundo de Madrid

AQUI NO HAY PLAYA

No hay frase tan estúpida y perversa como aquella que afirma que el periodismo murió y lo que queda es «sopa de letras». Sospecho que hablo desde la esquina del cuadrilátero del que se ha educado (o maleducado) leyendo periódicos del día y hurgando en hemerotecas, haciendo cabotaje por noticias y columnas de un perfil y de otro, como el pequeño salvaje que busca descabalgar una idea y ponérsela en la solapa. Es una forma de ir contra lo que se lleva ahora: el pensamiento escarpado y en tupperware. El discurso político se ha sintetizado en la chorrada, en la verdad naïf y en la mentira que florece por todas partes. De ahí que uno se afiance más en los pliegues auténticos del papel periódico, en el árbol caducifolio de la página, allí donde aún existe (porque aún existe) el aroma del desacato con un ADSL de ideas que van a toda hostia dibujando el día.

Este es un oficio en el que conviene llevar el bardeo bajo el paladar y donde el triunfo suele tener dos vías de acceso: o la intemperie del riesgo asumido o la vulgaridad del pelota. El primero trabaja con artillería incómoda y a pecho descubierto. El segundo, con la boca enturbiada de vaselina. Sólo hay que escoger.

La disciplina de esta profesión reside en su misma indisciplina. Eso es lo que más les jode a los políticos y a los barandas, porque confunden la lealtad con el servilismo y la impertinencia con la traición. Estos siempre andan como remangados para la revancha y ven en el periodista una tea de rencor social. Dice el maestro Raúl del Pozo que esta profesión se extingue. No quiero creer en las malas noticias. Alguien tendrá que contar el fin del mundo para los dioses, aunque sea escribiendo en un kleenex.

Ahora ya no se trabaja tanto la calle, es cierto, porque la información salta antes en internet y en los móviles que en las comisarías y en los despachos. Pero hay que estar en la vida, sin disimulos, sin epidural, descreyendo de todo para poder creer en lo que aún importa. Hay que contar cosas, hay que decir lo que no gusta. El periodismo siempre se ha hecho con una prosa a la contra y el pulso quieto. Convirtiendo el incienso en gas sarín si hace falta.

Levantamos semanas trágicas sobre el papel por cualquier mascachapas descolgando una bandera, quemando una foto con corona o entonando una berrea pueblerina y torpe por un puñado de tierra necia, pero debajo de eso late una sociología viva que es el ADN de un país, en ocasiones tan grosero como el nuestro. El periodismo, al contrario que la religión, predice, empuja, alerta. Avanza lo que puede pasar ahí afuera. Son historias de verdad, la puta vida.

Por eso, la aparición de un periódico nuevo es un faro más, una forma de no claudicar, otra ventana desde la que asomarse al estercolero. Y también estimula el necesario subidón por ver quién caza la mejor pieza, con más pulso, con más fiebre. Aquí hemos venido a contar, sin mariconadas. Una ciudad con los quioscos llenos (y no de porquería acumulativa) siempre trae un sano doping de libertad. El Público arranca buscando sitio y alpiste, justo cuando el cañamón está más caro. Lo dicho. Buen viaje.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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