DECADENCIAS
A sus 87 años, es lógico que el maestro Eric Rohmer se permita ir contracorriente. Los grandes siempre han hecho eso: lo que querían o, al menos, lo que podían a su modo. Rohmer (con Mi noche con Maud y La rodilla de Clara, rodadas siempre con gran economía de medios) era, como decía un viejo amigo mío, el genio de los delicados matices de las jovencitas. Lo que ha hecho en su última, y temo que muy minoritaria cinta, El romance de Astrea y Celadón, es prácticamente lo mismo, pero añadiendo ahora más al jovencito y componiendo, en fin, una película pastoral que se adorna de perlas, cultos y refinados pastores, y pastoras casi de peplo que disertan y penan de amor, el amor perfecto, el amor trovadoresco o petrarquista, cerca de los renacientes castillos del Loira.
La película es irreal hoy día (además de insólita), pero ese mundo bucólico no era menos irreal en el siglo XVII, cuando se publicó La Astrea, de Honoré d'Urfé, una tardía novela pastoril y la más célebre de Francia pese a sus 5.399 páginas.
Naturalmente, Rohmer no adapta la novela entera (que se publicó de 1607 a 1627) sino que escoge el pasaje más célebre, la historia de puro amor entre la hermosa Astrea y el no menos hermoso Celadón, guapísimo y delicado pastor que, tras vivir mil líos amorosos (siempre castos) entre encopetadas ninfas y benéficos druidas, tendrá un final feliz y varios momentos ambiguos en los que Astrea y Celadón hacen manitas, cuando éste se hace pasar por muchacha.
Rohmer había hecho ya varias películas literarias, desde La Marquise d'O (un cuento de von Kleist) hasta su Perceval, el galés -basada en un relato medieval de Chrétien de Troyes y que, si no recuerdo mal, no se ha visto en España-. Pero el cine ha saqueado el romanticismo y, últimamente, cierto medievalismo, de mejor o peor laya, incluso está de moda.
Sin embargo, ¿cuándo se vio en el cine una novela pastoril? Don Quijote pensaba que, para cambiar el mundo y sus infinitos entuertos -nada ha variado-, había que hacerse caballero andante o pastor. Pastor, claro, de esa idílica Arcadia que inventó el ámbito cortesano del Renacimiento como una huida de la brutal realidad, pero también como el reclamo de una sociedad perfecta de ocio, cultura y (¿por qué no?) refinamiento. Creo que es la misma protesta de Rohmer: frente a un mundo que no le gusta -el de ahora-, el viejo maestro levanta la bucólica bandera de lo que siempre fue una utopía.
Recomiendo el filme a Agatha Ruiz de la Prada, aunque echará en falta algo de su propio colorido. Sólo ella (tan valiente) puede defender hoy la exquisitez de una novela pastoril. Y no olvidemos que el nombre propio de Celadón -tan delicado es el mozo- ha terminado designando una preciosa variedad de porcelana china. Y siento decirle a Rohmer que, en España, se le han adelantado. Nuestro rey del underground, Adolfo Arrieta, hizo, hace cuatro años, un mediometraje (que casi nadie ha visto) con un lío amoroso de dioses, nada menos que en el Olimpo. Yo vi este Narciso, que es necesario estrenar, en casa de Marta Moriarty y creo que le encantaría también a Eric Rohmer, quien ha hecho un filme antisistema al completo.
© Mundinteractivos, S.A.

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