La evolución del tipo de cambio del dólar frente al euro está siendo un efecto colateral muy importante de los acontecimientos financieros internacionales recientes. Los máximos del euro - quién se acuerda de las cotizaciones a principios del siglo XXI percibidas como casi humillantes para la divisa europea- reabren el debate sobre las ventajas e inconvenientes de una moneda fuerte, con la clásica contraposición de intereses entre los sectores exportadores lastrados por el deterioro de la competitividad y los sectores que dependen de inputs importados (petróleo y un conjunto de commodities de revalorizada importancia) que llegan ahora a nuestras economías algo más baratos... gracias a que su precio internacional sigue (de momento) fijándose en la moneda estadounidense.
Más allá de debates acerca de las bondades relativas de una moneda sólida o débil - en parte reminiscencia de los tiempos, que algunos parecen añorar en momentos de dificultades, en que los gobiernos europeos podían devaluar sus respectivas divisas-, se trata de discernir cuál es en las inciertas y frágiles condiciones actuales el tipo de cambio de equilibrio del dólar. Tras varios años en que las estimaciones más solventes hablaban de la necesidad de una depreciación de cierta magnitud - y el FMI destacaba hace poco que, pese a algunos escepticismos, una depreciación del dólar ayudaría de forma significativa a limitar los enormes desequilibrios exteriores de Estados Unidos-, ¿estaríamos ya cerca de ese nivel de equilibrio, quedaría parte del ajuste por efectuar o los mercados internacionales lo habrían sobrepasado en este escenario de volatilidad reciente?
Nos estamos olvidando de algo importante, hace tiempo que EE. UU. y Europa no estamos solos. Los países asiáticos emergentes (con China e India a la cabeza), y también los emergidos como Japón, tienen mucho que decir, más que nunca en los últimos siglos. Para Europa los efectos de un euro fuerte dependen en gran medida de si es sólo un euro fuerte frente al dólar o, como ha venido sucediendo en las últimas décadas, las monedas asiáticas siguen al dólar y por tanto la pérdida de competitividad vía tipo de cambio es de alcance global. En ese caso recaería sobre la eurozona el grueso del peso del ajuste de la paridad del dólar.
Pero por otra parte, los países asiáticos - sobre todo China- han hecho declaraciones - más que gestos- en el pasado reciente de querer adoptar una referencia monetaria más multipolar. Ahora tienen una oportunidad ideal para ver si quieren ser unos terceros en discordia asumiendo un papel más protagonista en el reajuste de la paridad del dólar - en vez de limitarse a tratar de seguir cómodamente su depreciación- y contribuyendo a distribuir los efectos del ajuste en la paridad del dólar de forma más equilibrada y eficiente.
Tal vez sea el momento, más allá de su preocupación a corto plazo por la competitividad vía precios, de evidenciar un mayor grado de implicación en la solución de los problemas globales, actuando como terceros en concordia. También en este frente lo que suceda en los tipos de cambio trans-Pacífico afectará de forma decisiva al impacto y valoración de la evolución del tipo de cambio trans-Atlántico.
JUAN TUGORES, catedrático de Economía de la UB

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