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25 Septiembre 2007

Códigos deontológicos, de Josep María Ruiz Simon en La Vanguardia

Abogados, periodistas, protésicos dentales, expertos en ceremonial y protocolo; como ya sabían en la edad media los caballeros andantes y nunca olvidó Don Quijote, casi todo colectivo profesional que se precie debe tener y suele acabar teniendo su código deontológico. Se da, tal vez precipitadamente, por bueno que el juramento hipocrático fue el primero de estos códigos. Pero, al repetir esta afirmación, se debería tener claro que tal juramento, que fue reformulado por la Declaración de Ginebra en 1948 y que aún después ha sido de nuevo enmendado, ya no es el que se pronunciaba desde algunos siglos antes de Cristo. Hoy la mención a los derechos humanos ha sustituido la evocación de los dioses Apolo, Esculapio y Panacea. Y han desaparecido de sus líneas no sólo el compromiso de no ser lascivo con las mujeres o los hombres, libres o esclavos, presentes en los domicilios del paciente, sino también el de no operar a nadie de cálculos. Muchos debieron ser los conflictos de competencias con los cirujanos, que, ajenos por aquel entonces al gremio de los galenos, reclamaban para sí el derecho a la extracción de las piedras de las vejigas, riñones y vesículas, para que una profesión tan orgullosa como la médica renunciara a tal práctica por la vía de la autorregulación. Pero, al hacerlo, convirtió el principio de no injerencia en una posible máxima reguladora de la política exterior de las profesiones. El 1 de abril de 1272 los filósofos de la facultad de Artes de la Universidad de París siguieron su ejemplo y, a través de unos famosos estatutos, en aras de evitar encontronazos y ahorrarse censuras y condenas, optaron por jurar que no se inmiscuirían en el territorio de los teólogos y establecieron cuáles eran las buenas prácticas en aquellos casos de territorialidad confusa que podían dar lugar a escaramuzas fronterizas entre la filosofía y la teología.

Los estatutos de 1272 no evitaron ni las censuras ni las condenas. Pero provocaron un importante efecto secundario. Enfrentados a la misión imposible de explicar Aristóteles sin poner en aprietos a la fe, los maestros de París descubrieron el principio de la plena soberanía territorial de cada tipo de discurso. Sabedores, ya desde Platón, de que lo que decían no tenía por qué corresponderse con lo que pensaban, tomaron conciencia de que, si se terciaba, también podían decir cosas contrarias sobre un mismo tema sin contradecirse. Bastaba con dejar claro que lo uno (que el mundo era eterno, por ejemplo) lo afirmaban como filósofos y según los principios de la ciencia física, y lo otro (que había sido creado en el tiempo), como creyentes y de acuerdo con el Credo. A la sombra de Tucídides, Maquiavelo siguió los pasos de estos viejos maestros cuando, independizando el discurso político del discurso moral, puso los cimientos de la ciencia política moderna. Y así el código deontológico de los viejos filósofos del Barrio Latino acabó desembocando, paradójicamente, en una concepción de la política que, al contrario de lo que se supone que sucede con el periodismo, hace incompatible la buena práctica de esta profesión con la existencia de un código deontológico que la regule. Tal vez José Montilla lo tenía presente cuando, con motivo de la Diada, invitó a un vermut a los periodistas y, parafraseando a Sigerio de Brabante, les pidió que, puestos a informar, distinguieran cuando un político habla como representante institucional o como jefe de partido.

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